El círculo de la estrella negra

¿Qué pongo aquí hoy? Bueno, para responder, primero tengo que decir que ayer, después de mes y medio en el que varios líos me han mantenido apartado de la escritura, comencé a escribir la tercera parte de mi saga de thrillers sobrenaturales Los casos de Lucía Utrilla, iniciada con La semilla y seguida por El horror de zarpas afiladas. Retomo a uno de mis personajes más queridos para hacerle vivir nuevas aventuras, misterios con, como ya sabe quien haya leído sus novelas cortas, un toque de horror cósmico, en claro homenaje (pero no copia ni plagio) al escritor H.P. Lovecraft.

Dejo, pues, la primera escena de la que será mi nueva novela (si todo va bien, la publicaré a principios de diciembre), titulada El círculo de la estrella negra. Está tal cual, sin revisión ni nada, en bruto, así que quizá haya erratas que, desde luego, no es intención que aparezcan en la versión final.

¡Ah! Una cosa más: para celebrar que retomo a Lucía, desde mañana, miércoles 17 de octubre, hasta el viernes 19, las dos novelas de la saga estarán gratis en Amazon para Kindle. Si alguien no las tiene, ¡es el momento perfecto!

EL CÍRCULO DE LA ESTRELLA NEGRA

CAPÍTULO UNO

Lucía pasó las hojas y resopló. El expediente policial del tipo que había irrumpido como una tromba en la comisaría no era lo que se dice breve: estafa, alteración del orden público, varias agresiones, un par de casos de resistencia a la autoridad, desacato, denuncias por amenazas… La lista seguía y seguía.

—Menudo pájaro, ¿eh? —bromeó el policía que le había llevado el expediente mientras separaba las manos de modo exagerado para recalcar lo voluminoso de la ficha.

—Ha estado ocupado, sí —coincidió Lucía. Miró la fecha de nacimiento y, tras un rápido cálculo, se dio cuenta de que solo era dos meses y medio mayor que el detenido. Sonrió con sorna—. Para cometer todos estos delitos, se ha tenido que emplear a fondo, el tío.

Clavó los ojos en él. La piel bronceada y el pelo rubio y largo hasta la nuca le daban la impresión de un surfista americano en visita turística que se hubiera pasado con la bebida y hubiera acabado en el calabozo. Sin embargo, la mirada en sus ojos azules era clara, límpida, y mostró una dentadura perfecta y nacarada al sonreír hacia el espejo tras el que estaba Lucía, como si supiera que lo estaba observando. Movió la nariz, recta y varonil, en perfecta conjunción con su mentón cuadrado, en un gesto casi infantil, gracioso, a la vez que movía los musculosos brazos para evitar que se le durmieran.

—¿Lucía? —preguntó la comisaria tras entrar en la sala. El otro policía saludó y las dejó a solas—. ¿Qué tenemos aquí?

—Pues no sé decirle muy bien, señora —respondió y señaló al detenido—. Matías Beltrán, de profesión, nada, a no ser que contemos el ir de acá para allá visitando una buena cantidad de calabozos del país como un trabajo. Imagino que le faltaba esta comisaría para la colección —añadió bromeando.

Su superior la miró entrecerrando los ojos, con cierta dureza. Lucía se aclaró la garganta y continuó:

—Era una broma, perdone. Entró gritando y derribó a varios de los agentes que intentaron detenerlo; me llamaba a gritos y decía que quería hablar conmigo.

—¡Hum! ¿Ha dicho algo interesante?

—Por ahora, no, la verdad. Aún no lo he interrogado —aclaró Lucía—. Un par de compañeros han intentado sacarle algo, pero se ha negado a decir nada.

—O sea, que solo hablará con usted —concluyó la comisaria—. Muy peliculero.

Lucía asintió mordisqueándose el labio inferior.

—Hay… algo más —dijo tras unos instantes.

—¿Sí?

—Mencionó a los Torroba.

—¿Torroba? ¿La familia implicada en el caso de Pedrero? —preguntó.

—No exactamente. —Lucía negó con la cabeza y explicó—: No queda nadie vivo de ellos, aunque la cosa sí tuvo que ver con su propiedad en…

La comisaria meneó la mano para dar a entender que no le hacían falta los detalles y dijo:

—Supongo que estará todo en el informe, ¿no?

—Sí, señora —respondió con rapidez—. De hecho, estaba a punto de registrarlo cuando pasó lo del señor Beltrán. El detenido —puntualizó.

—Vale. Entre a ver qué quiere. Si es un puñetero loco, que esté un rato más detenido y siga el protocolo con servicios sociales. Si no, mire a ver si tienen hueco en los juzgados para un juicio rápido por falta. A no ser que vea usted que requiera más dureza, claro.

Lucía se acarició la sien pensativa. Miró a su jefa y, luego, al hombre dentro de la sala de interrogatorios. Pese al espectáculo que había dado en la entrada, dudaba que supusiera un peligro real. Tenía ese pálpito, esa sensación intuitiva que le decía que no tenía nada que temer de Matías Beltrán.

—Yo me encargo, señora.

La comisaria asintió y lo dejó en sus manos. Al salir, casi se dio de bruces con Samuel, el compañero de Lucía, que se hizo a un lado con rapidez para dejarla pasar.

—¿Qué quería Concha? —preguntó Samuel cuando estuvieron solos.

Lucía lanzó una risita. Samuel, desde que oyó a la novia forense de la comisaria llamarla así, no dejaba de repetirlo… cuando la comisaria no podía oírlo, claro.

—Lo de siempre —respondió ella—. Recordar el protocolo de rutina y esas cosas.

—¿Entro contigo? —se ofreció Samuel.

—No, mejor no. —Lucía pensaba que, si entraba con alguien más, el tal Matías no diría nada, así que quedaría ridículo que entrara con Samuel para que, poco después, este volviera a salir.

—¿Segura? —Su compañero parecía preocupado—. Es un tipo… fuerte.

—¡Vamos, hombre! —exclamó Lucía. Puso una mano con suavidad en el brazo de él para calmar su repentina y exagerada preocupación—. ¡Que está esposado a la mesa!

—Ya, sí, pero…

—Samuel… —replicó mirándolo con seriedad—. Sé defenderme, en el caso de que el tipo este sea el Increíble Hulk.

Samuel bizqueó y se quedó mirando la cara de palo de Lucía unos momentos antes de soltar una carcajada. Lucía también rio y, poco después, entró para interrogar al hombre.

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11 respuestas a “El círculo de la estrella negra

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