La patrulla SN (III)

NOTA: Viene de La patrulla SN (I) y La patrulla SN (II)

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Mi casa es una ratonera. No tiene sentido decir otra cosa. Es un cuchitril con cocina, baño y un dormitorio en el que, cuando me cambio de ropa, tengo que contorsionarme para no darme de hostias contra las paredes. Un cuarto piso, por supuesto, sin ascensor, de ventanas sucias, paredes de papel pintado descolorido y un olor permanente a humo, hollín que procede de los grasientos bares de la calle y se cuela para pegarse al suelo, al techo, a los muebles.

Es comprensible que pase poco tiempo en ella, lo justo para echar una cabezada y volver a patear las calles. Cuando no estoy currando, voy de bar en bar tomando vodkas con hielo hasta que el sentido se me embota y la vida me parece menos asquerosa. Dando traspiés mientras subo los escalones casi a las doce de la noche, saco las llaves y las hago chocar para intentar el ruido de las discusiones de la pareja del primero y la música estruendosa que sale del tercero. Me muevo con dificultad y tengo que apoyarme bastantes veces en el pasamanos para no dar con mis huesos en el suelo, pero consigo, como todas las noches, llegar a mi rellano.

Y, entonces, como una visión surgida de un sueño lleno de luz, como una hermosa sirena de canto amable y hechizante, está ahí, delante de mi maldita puerta, una mujer como nunca he visto en mi vida. Lleva puesto un vestido verde que deja al descubierto tan solo sus tobillos, apenas entrevistos entre los pliegues de la falda y los zapatos de color crema con alto tacón. La cintura la tiene ceñida por un cinturón de círculos dorados, y en el busto destacan sus senos elevados y generosos, que asoman entre el escote que se abre desde sus hermosos y blancos hombros. Pero, ¡ah, el cuello! El cuello es lo que me atrae: delicado como el de una garza, esbelto y níveo, un faro de pureza alba rodeado por la suciedad de la casa, rematado por unas hermosas facciones cubiertas de maquillaje provocativo adivinado tras un leve velo que le cubre el rostro. Su melena, ondulada y de gran volumen, es del color de la miel recién cosechada, y me llega un olor delicado, suave, de lilas y rosas.

Da un par de pasos hacia mí, que me yergo como puedo y compongo mi desaliñado aspecto con poco éxito, y extiende la mano cubierta por un guante de terciopelo que le llega hasta el codo. La poca piel al descubierto es de ese color blanco que resulta hermoso, como el alabastro, sin llegar a resultar pálido y enfermizo, aunque, entre las brumas del vodka, me doy cuenta de que desprende la misma frialdad que una estatua.

Incluso aunque estuviera borracho como una cuba —que no lo estoy tanto—, la reconocería en cualquier sitio; estrechándole la mano con más fuerza de la necesaria para disimular mi nerviosismo, digo:

—Señora Julia Setegui. ¿Qué puedo hacer por usted?

Tener frente a mí, en un agujero como este, a la mujer del hombre más rico y poderoso de Ciudad Baldía hace que me tiemblen las rodillas.

—¿No va a invitarme a entrar? —pregunta con una sonrisa triste. Sus ojos azules se clavan en mí, traspasándome. Tiene los cuarenta y cinco cumplidos, pero parece una mujer mucho más joven, de cuerpo modelado con ejercicio y alimentación orgánica, de esa que solo los ricos pueden permitirse, y se mueve con una gracia felina y sensual.

—Sí, claro, por supuesto —balbuceo tras carraspear.

En un abrir y cerrar de ojos, estoy quitando una pila de periódicos amarillentos sobre una silla. Ella cierra la puerta, de goznes chirriantes, y echa una mirada a mi cueva. Para mi sorpresa, cuando se echa el velo hacia atrás y lo deja reposar con cuidado sobre su cabeza, en sus ojos no hay reprobación ni asco.

Localizo un vaso más limpio que el resto y abro el armario donde guardo mi ingente provisión de bebida.

—¿Güisqui? ¿Ginebra? —Me pregunto qué puede beber una dama tan distinguida. Desde luego, la mierda que tengo en casa, no creo.

—Ginebra, por favor —responde. Se sienta y cruza las piernas sin dejar de mirarme con atención mientras vierto la bebida.

Al ofrecérsela, nuestros dedos se rozan un instante y siento la electricidad recorriendo mi cuerpo. Vuelvo a carraspear y, dando un largo trago para intentar encontrar el valor, pregunto:

—¿En qué puedo ayudarla, señora?

—Julia. Solo Julia. —Asiento. Doy otro trago—. Necesito que siga investigando las muertes de la calle Stomp.

Mis cejas se elevan de forma desmesurada sin querer y replico:

—Julia, me temo que eso es imposible. El triple homicidio es competencia de la SN.

—Los Sin Nombre. —Frunzo el ceño. Es el mote que los policías ordinarios damos a la patrulla Sobrenatural, pero es muy raro oírlo en boca de alguien que no sea del cuerpo—. Sé muy bien que no van a hacer nada.

—Bueno, señora… —Me veo obligado, con cierto sentimiento de profesionalidad endogámica, a defenderlos—. Aunque los muertos hayan sido unos yonquis sin importancia, mis compañeros de la SN…

—Ahí se equivoca —interrumpe—. Uno de ellos era mi amante.

Por tercera vez en pocos minutos, mi cara es la viva expresión de la confusión. Las revistas que cotillean sobre la gente guapa levantaron la liebre hace un par de años sobre una posible aventura de Julia Setegui, pero, tras una demanda muy mediática, se les obligó a pedir disculpas «por el honor vulnerado» y a publicar un reportaje en contrario donde se loaba la idílica vida de pareja de los Setegui.

Ahora que lo pienso, uno de los periodistillas que escribió sobre el asunto, bastante famoso, no ha vuelto a decir ni esta boca es mía…

—Su… ¿amante?

—Perdone que sea así de franca, pero no puedo andarme con rodeos. Es esencial que actúe con rapidez, antes de que borren todas las huellas y…

—¡Alto, alto! —exclamo, decidido a dirigir la conversación, porque no me gusta hacia donde se dirige—. ¿Qué le hace pensar que voy a ayudarla?

Sin una palabra, saca de su lujoso bolso de piel negro un cheque, lo desdobla con parsimonia y me lo da. Ver tantos ceros juntos me provoca mareos y acabo mi vaso de un trago.

—Mi comisario me ha ordenado que deje estar el asunto —protesto, pero con debilidad. Para mi sorpresa, ella se levanta y comienza, con una lentitud exasperante y deliciosa, a subir su falda, descubriendo las medias negras que cubren sus espectaculares piernas.

—No solo es dinero lo que puedo darle en pago —dice antes de hundirme en un mundo de desatado placer.


10 respuestas a “La patrulla SN (III)

  1. He disfrutado con la lectura como merecen los escritores…

    Sugerencias:

    Qué tal si en lugar de “—Señora Julia Setegui. ¿Qué puedo hacer por usted?” pones “—Señora Julia Setegui, ¿qué puedo hacer por usted?

    “—dice, antes de hundirme en un mundo de desatado placer”. “—dice antes de hundirme en un mundo de desatado placer”.

    +++++++++

    Saludos

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  2. Espectacular, como siempre. Intriga, el mundo de fantasía que me empieza a atrapar, corrupción, sensualidad… Un cóctel explosivo, y, por ello mismo, perfecto. Creo que no me cansaré de alabar tu estilo. Sólo que creo que hay un error : *cuanto se quitó el velo, en vez de *cuando se quitó el velo. Por otra parte, si me lo permites, creo que abusas del adjetivo ‘hermoso /a. Sólo es una sugerencia. Un saludo, mi lord.

    Le gusta a 1 persona

    1. Muy agradecido, me alegra que estés disfrutando de su lectura 🙂
      Sobre tus puntualizaciones, correcto, tienes mucha razón con esa “d” convertida por error en “t”. Y lo de abusar, seguro que también estás en lo cierto: date cuenta de que este texto lo he colgado tal cual, sin revisión, así que sí, seguro que me he repetido demasiado y, si lo hubiera repasado, habría puesto sinónimos, eliminado, cambiado o lo que fuera para no decir lo mismo tantas veces. Se agradece la crítica, por supuesto, y estás más que invitado a hacer cuantas aportaciones quieras.
      ¡Saludo de vuelta!

      Le gusta a 1 persona

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