Una noche soñé

UNA NOCHE SOÑÉ

Una noche soñé, como muchas noches, aunque ese sueño tuvo más claridad que otros. Me encontraba entre estantes y armarios que albergaban numerosos libros de todo tamaño y forma, una biblioteca en la que había acumulado una gran parte del saber del mundo en cuyo ambiente flotaban las partículas de polvo, visibles gracias a la luz solar que se filtraba por los grandes ventanales que se abrían en su altos muros coronados por un techo decorado con filigranas de escayola.

Soñé, como decía, que estaba de pie junto a una escalera que conducía a la planta superior —donde se guardaban las obras de ficción—; apoyaba las manos sobre la hermosa y antigua barandilla de madera oscura y contemplaba a la única persona que, además de mí, estaba en el interior de la biblioteca. Era un hombre alto, de expresión seria y, al mismo tiempo, agradable, tocado con un sombrero gris a juego con su sobrio traje de tres piezas. Un clavel escarlata asomaba por la solapa de su chaqueta y sus manos descansaban sobre el pomo de un batón con forma de cabeza de galgo.

Con voz suave y un ligero acento sudamericano, me dijo:

—Es un placer ver que aún quedan quienes saben apreciar los buenos cuentos.

Miré hacia donde señaló con un ligero movimiento del índice derecho. Un libro reposaba en mis manos; no me sorprendí lo más mínimo al darme cuenta del hecho de que no me había movido un ápice y que, instantes antes, el volumen no estaba ahí. No me sorprendí porque, a fin de cuentas, era solo un sueño, con su propia y retorcida lógica ilógica.

Centré mi atención en la ilustración que ornaba la cubierta: mostraba una casa antigua, acaso una mansión en la que, decenios antes, había habido risas y juegos de niños que iluminaban sus estancias, pero que, a la mortecina luz de una luna pálida que colgaba en el cielo oscuro como el ónice, resultaba tétrica y movía al miedo. El título, Narraciones extraordinarias. El autor, Edgar Allan Poe.

Desvié mi vista de la antología y seguí escuchando a quien, supe entonces, era Jorge Luis Borges, maestro argentino del cuento, cuya prosa es como un dulce tango que maneja el idioma con sensualidad y fuerza moviendo al arrebato del alma, y uno de los mayores expertos en el autor estadounidense. Me dijo:

—Traduje y estudié la obra del escritor que tanto ha influido en el horror moderno, y no me arrepiento lo más mínimo de ello, pues sé que, por mi contribución, por modesta que sea, los castellanoparlantes conocemos mejor a Lovecraft.

Meneé la cabeza, confuso. El libro, ahora, mostraba una imagen de pesadilla, una criatura que se alzaba entre olas embravecidas coronadas de espuma y tenía los rasgos de un demonio surgido de la más oscura de las fosas abisales, un dios expulsado de las hondas extensiones del espacio de cabeza tentaculada y ojos que refulgían, llenos de odio, con una luz negra.

Por supuesto, era mi mente la que jugaba con las conexiones entre los tres escritores, entremezclándolos y confundiendo la realidad en mi universo interno que estaba a punto de desaparecer como una pompa de jabón reventada por un alfiler, en ese momento confuso entre el sueño y la vigilia en que los últimos retazos, las últimas imágenes, resuenan en la mente que comienza a ser consciente de nuevo.

Ese día, lo primero que pensé, fue que daba igual la confusión. Mi propia recomendación no estaba para nada equivocada: leer a Borges, a Poe o a Lovecraft es una fuente de alegría. Alegría oscura y tétrica en algunos casos, pero alegría satisfactoria.

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13 respuestas a “Una noche soñé

  1. Una entrada espectacular, con tu estilo intachable.
    Confieso que de los tres escritores, el único a quien he leído es a Borges, maestro donde los haya. Poe siempre me ha infundido respeto. El terror no es un género que me atraiga. En cuanto al tercero, no estoy seguro de haberlo oído nombrar siquiera. Perdón por la ignorancia.

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    1. Los tres son maestros del cuento… aunque por motivos diferentes en el caso de Poe y Lovecraft (¿En serio no has oído hablar de Cthulhu? ¡Por el gran Azathoth, hereje! xD), dado lo que supusieron para el género de terror. No es plan de ponernos académicos, pero su influencia es considerable, por no decir que imprescindible para entender el género de terror moderno.

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      1. Ya veo. Es sólo que el terror psicológico me acojona; eso lo he experimentado con el propio Borges. Por otra parte, suelo leer exclusivamente latinoamericanos y españoles, por aquello del traduttore traditore; aunque también he leído a autores de otras culturas, como Víctor Hugo, Hesse, Camus, Zweig, Thomas Mann o Dostoievsky.

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      2. Lo de la traducción, en efecto, puede resultar un auténtico problema si no se tiene maña en eso de escribir. El equilibrio entre lo que el autor original dice y lo que hay que decir al traducir, a veces, puede alumbrar auténticos monstruos… En fin, es lo que hay.

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  2. ¡Muy buena entrada!
    He de decirte que me encanta Borges, y tu entrada me atrapo desde que la empecé a leer, has plasmado la emoción indescriptible (muchas veces) que se siente al estar frente a libros de autores que nos apasionan
    ¡Saludos!

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    1. Muchas gracias. Como siempre digo, hacer que disfrutéis de lo que escribo, es recompensa más que suficiente.
      Por mi parte, me acerqué a Borges de forma un tanto torticera: fan de Lovecraft, me pasé a Poe al saber de la influencia de este sobre aquel, y, luego, a Borges por su aprecio a la prosa de Poe. La vida (y los gustos literarios) da muchas vueltas 😀

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