FIONA & BARTOK: LOS VIAJEROS DE TIMELAH

Sigo escribiendo con gran emoción mi saga de fantasía “Crónicas de la Apoteosis”. Mientras comienzan a llegar las revisiones de los lectores cero de “Maese Fontana: la magia de Trinube”, segunda novela de la serie, llevo más o menos el 25% del que será el tercer libro, “Fiona & Bartok: los viajeros de Timelah”. Ofrezco, aquí, la primera escena que, como en casos anteriores, está sin pulir, ni revisar, ni nada. Cruda y desnuda.

Y aprovecho para recordar que “Mika Holdbrand: diplomacia en Alisia”, la primera novela de la saga, está disponible por tan solo 0,99€, o gratis en Amazon Unlimited (también en inglés, por si a alguien le interesa en el idioma de la Pérfida Albión). ¡Este autor independiente necesita vuestra ayuda y vuestras reseñas ;)!

¡Ah! Y, en breves, otra nueva entrega de “Viviendo los treinta”. Así, en plan disimulado entre el texto que habla sobre fantasía épica.

UN SUEÑO

El uno de Yara, primer día del año, tuve la más horrible pesadilla de toda mi vida. Empapada en sudor, con el pelo apelmazado sobre la cara y las manos crispadas por el terror, mis gritos resonaron por toda la casa haciendo que mamá y Bartok acudieran corriendo junto a mi lecho. Había sido tal mi sufrimiento en el reino de Lonia que mis uñas se habían clavado en el jergón de paja tras atravesar y rasgar las sábanas de lino.

Cuando la diosa me enviaba sus mensajes, mi mente mortal acusaba el dolor, aunque ese sueño había provocado mayor desazón en mí que ningún otro. Mi reacción al despertar había sido tan exagerada, que mamá, tras intentar calmarme en vano, hizo una señal a Bartok; este asintió y salió corriendo. Mi enorme y ágil amigo y protector fue a su habitación y, cuando volvió, llevaba entre sus brazos, gruesos como troncos de árbol, la mandolina de la que arrancaba tan dulces notas.

Yo seguía gritando, desesperada, acosada por las imágenes de lo que había visto mientras dormía. Mamá me explicó el motivo de mi terror: cuando tengo sueños enviados por la diosa, mi mente mortal no es capaz de entender la plenitud de lo que se me comunica, y necesita un ajuste para poder asimilarlo. Ese ajuste es un mecanismo que me permite entenderlo, aunque ojalá no fuera algo tan doloroso para mí.

Me aferré a mi madre, hundí la cara en su pecho y volví a emitir unos tremendos alaridos; entre la niebla de mi agonía, sentí los finos dedos de ella mientras me mesaba los cabellos, y su voz suave, amable, hermosa, me hablaba al oído para decirme que estaba ahí, conmigo, que nada me iba a pasar.

Solo me calmé cuando Bartok comenzó a cantar.

Aunque sus manos son gruesas y tan fuertes que son capaces de reventar la cabeza de un adulto, le permiten tocar las cuerdas del instrumento con un virtuosismo digno de los mejores trovadores de Timelah. Su voz, grave, tan poderosa como el trueno que retumba en las montañas, es sin embargo aterciopelada cuando declama los versos que él, u otros antes que él, han compuesto para acompañar la música que ejecuta. Esa madrugada, cantó la canción sin letra que mamá le había enseñado, una pieza en la que su voz era un instrumento que se sumaba a las cuerdas de la mandolina, y emitía sonidos que recordaban al arrullo del viento soplando sobre una playa de arena suave junto a un mar en calma.

Poco a poco, mi respiración se fue calmando y cesaron mis convulsiones de dolor y miedo. Con un profundo suspiro, devolví el abrazo a mi madre y elevé poco a poco el rostro para mirar el suyo, en el que había una mezcla de preocupación y amor. Volvió a pasar su mano sobre mi pelo y dijo:

—¿Estás bien, Fiona?

Asentí. Aún no podía hablar, sentía la garganta en carne viva, como si hubiera tragado ascuas, y la lengua pastosa, aunque ya tenía suficiente control de mí misma como para saber que eso pasaría, que era lo que siempre me ocurría. Bartok seguía cantando; lo miré: sus ojos dulces, del color del ámbar, me contemplaban con cariño. Asentí con una sonrisa de agradecimiento y sus labios gruesos se curvaron devolviéndome la sonrisa a su vez. Durante unos cuantos latidos del corazón, ninguno de los tres hizo otra cosa: él siguió cantando, mamá me siguió consolando, y yo seguí volviendo al mundo de la vigilia.

Por fin, pedí a Bartok:

—Toca la Balada de Resya, por favor.

Bartok asintió, dejó que las notas de la canción se extinguieran y carraspeó para, ahora sí cantar una historia mediante versos. Mi estado de ánimo, siempre que vuelvo de uno de esos sueños, es voluble, y la petición que hago a Bartok es indicativa de cómo me encuentro. Como sabréis, la canción de Resya es una sobre un amor condenado a fracasar, pero que, al final, triunfa sobre todos los obstáculos. Quería escuchar una canción que versara sobre la esperanza, que fuera optimista.

—¿Quieres hablar, cielo? —preguntó mamá.

Hice un mohín: me dolía tan solo pensar en tener que recordar lo soñado, pero asentí. Ella tenía la suficiente sabiduría como para entender lo que la diosa me decía.

—Ha sido —comencé— más real que muchos otros sueños. Real en el sentido de que parecía que ya hubiera pasado y que estuviera contemplando el pasado… aunque sabía que todavía tenía que pasar. —Pese a lo que parecía un sinsentido, mamá asintió y me animó con un gesto a continuar—. Me encontraba junto a un acantilado bajo el que rompían unas olas desatadas y el viento amenazaba con derribarme, tan fuertes eran sus voladas. Alguien, detrás de mí, gritó que tuviera cuidado, que podía caerme, pero no vi quién era, pues, de repente, el cielo se oscureció como si el sol se hubiera escondido tras unas gruesas nubes de brea. El viento volvió a aullar una vez más y, aunque parecía que el huracán podía arreciar, sin embargo, cesó.

»Esa quietud, ese silencio, fue todavía más temible que el viento, pues entendí que toda Timelah, tanto el mundo como sus habitantes, contuvo la respiración y esperó a lo próximo que tenía que pasar.

Bartok seguía cantando, en voz muy baja:

Resya no quiso seguir el consejo

que los enanos el día de antes le dieron

y partió en el primero de los barcos

para ir en busca de su amado.

—A lo lejos, en el horizonte, me fijé en que había lo que creí era una pequeña ciudad; supe que tenía que encaminarme hacia allá y, como si hubieran crecido alas en mi espalda, me elevé y cabalgué los vientos para contemplar los edificios del complejo monástico. Supe que las diez casas colocadas en círculo eran el Templo de la Apoteosis, formando un círculo en torno a la construcción central, de granito gris, que estaba, en ese momento, rodeado por una muchedumbre que portaba antorchas y estandartes que mostraban una espada cruzada sobre un escudo redondo, ambos de plata, sobre fondo rojo.

»Me vino una imagen fugaz de terribles combates, de sangre y muerte esparcidas sobre campos de batalla lejanos, de cuerpos mutilados y gritos de moribundos, de ejércitos que chocaban con fiereza y hombres y mujeres que caían como la hierba bajo la hoz del campesino.

»Aunque quería dejar de ver tal horror, no podía apartar la vista. La muchedumbre en torno al templo gris se agitó y lanzó un rugido al ver que el edificio comenzaba a brillar con una luz, débil al principio, pero que aumentó en intensidad hasta que amenazó con cegarme. Horrorizada, vi que la luz era una bola cuyo resplandor engulló e hizo desaparecer al gentío, dejando tras de sí solo las sombras, grabadas en el suelo, de los cientos que habían estado ahí instantes antes.

La tormenta no consiguió que se rindiera,

y Resya continuó su viaje a Krepyja,

hermosa isla donde se crían

las más bellas perlas de Timelah.

—Una gruesa columna de fuego surgió del techo del templo y ascendió a los cielos. La oscuridad, la negrura, se rasgó y pareció que el mundo se partiera en mil pedazos cuando un gigantesco trueno retumbó; su estallido fue tal que montañas se quebraron, ciudades desaparecieron y bosques quedaron arrasados.

»Sin embargo, una figura permaneció, desafiante, sobre el templo gris. Era un hombre, con los brazos en jarras, mayor, aunque no anciano, que miraba hacia las alturas con gesto orgulloso: retaba a los mismos dioses a fulminarlo, y estos respondieron lanzando otro trueno, todavía más intenso que el anterior. El mar se vació y las criaturas en él fueron expulsadas a tierra firme, donde coletearon hasta morir asfixiadas. La cordillera Ramatán se quebró en dos. Gigantescos incendios arrasaron los bosques que quedaban en pie. Y las ciudades… desaparecieron de la faz de Timelah.

»Todo había muerto —concluí con lágrimas de dolor.

Bartok cesó de cantar y tragó saliva, anonadado por lo que había escuchado. Incluso mamá me miró con honda preocupación. Respiró una honda bocanada de aire y meneó la cabeza pensativa.

—Ya está, mi niña. Ya ha pasado —dijo, aunque las dos sabíamos que no era cierto.

No solo no había pasado: aún tenía que pasar.

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4 respuestas a “FIONA & BARTOK: LOS VIAJEROS DE TIMELAH

    1. Como se puede ver, no dedico tanto tiempo como antes al blog debido a que los ratos que tengo libres prefiero dedicarlos a escribir, pero siempre es un placer volver a hablar por aquí 😉

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