EL MISTERIO DE OTRO TIEMPO

Mientras ultimo la publicación de los siguientes volúmenes de mi saga de fantasía épica “Crónicas de la Apoteosis” y romántica “Viviendo los treinta”, cuyos títulos son, respectivamente, “Maese Fontana: la magia de Trinube” y “Águeda, relaciones internacionales”, así como la novela que presentaré al premio de Amazon, “El oro de Gundarión”, he comenzado, tras un pequeño parón para dedicarme a labores de revisión, maquetación y demás, una nueva aventura de “Los casos de Lucía Utrilla”.
La agente Utrilla vuelve en su cuarta investigación con los ingredientes marca de la casa: thriller sobrenatural con toques de horror cósmico lovecraftiano… aunque se avecinan cambios en muchos aspectos. Os dejo, así, las primeras 1500 palabras que, como siempre, están sin pulir ni revisar ni nada. Así comienza “El misterio de otro tiempo”, título provisional de esta nueva entrega.

EL MISTERIO DE OTRO TIEMPO

CAPÍTULO 1

Al abrir los ojos, Lucía supo que era lunes, pero, del mismo modo, también sintió que algo no iba bien. Parpadeó para quitarse las últimas y molestas hebras de sueño que amenazaban con cerrarle los ojos de nuevo, aunque no fue hasta que se los frotó que no pudo empezar a pensar con claridad. Se dio la vuelta en la cama hasta llegar al límite de esta y se obligó a sacar las piernas de debajo de las sábanas para que sus pies tocaran el suelo. Por fin, con un ruidoso bostezo y un exagerado estiramiento de espalda, se levantó.

Abrió las cortinas de par en par y la ventana para que entrara el frescor previo al alba. Sin embargo, Lucía esperaba que fuera un tenue soplo que refrescara el ambiente cerrado de la habitación, no la gélida corriente que la hizo cerrar los cristales de nuevo con un castañeteo de dientes.

—Ni que fuera diciembre —masculló.

En cuanto lo dijo, supo que estaba equivocada: se recordó a sí misma que, en efecto, era el último mes del año, así que lo normal era que, en la calle, hiciese frío. Achacó a la torpeza mental propia del despertar el haber creído que estaba en agosto. Fue hacia el armario para echarse una bata por encima y pasó junto a la silla en la que, antes de acostarse, había dejado el uniforme. El color azul marino y los botones plateados la hicieron sentir orgullosa de pertenecer al cuerpo de policía, de trabajar para defender la ley y a los ciudadanos de la gran ciudad en la que vivía. Habían sido varios años de obstáculos a superar, decepciones que olvidar y frustraciones que vencer, pero lo había logrado. Lucía era policía, y poco más importaba.

Su sueño, hecho realidad.

Siempre había querido serlo, aunque muchos, desde pequeña, habían dicho que era una tontería, que jamás lo conseguiría. Les había demostrado que se equivocaban. Todos.

Miró el reloj y vio que tenía tiempo de preparar un desayuno que fuera algo más que un simple tazón de cereales, así que se dirigió a la cocina, no sin antes echar un vistazo al cuarto donde su hijo dormía y contemplar su rostro pacífico sobre la almohada. Respiraba con suavidad, destilando la paz de los inocentes, y lo miró durante un rato embobada, con la cabeza apoyada en el marco de la puerta, hasta que se obligó a continuar su camino hasta los fogones y las sartenes.

Unos minutos después, los platos con huevos revueltos, jamón frito y pan con mantequilla y mermelada estaban preparados para comerse.

—¡Vamos, dormilón! —dijo cuando escuchó que su hijo se removía en la cama, despierto por el ruido de vajilla y comida haciéndose en la sartén—. ¡Se te va a enfriar todo!

El niño dijo algo en respuesta que no entendió, pero enseguida estuvo sentado a la mesa tras dar un beso a su madre. Lo dejó devorando el plato y volvió a su habitación para vestirse. Se miró en el espejo tras ponerse el uniforme. Le sentaba perfecto, gracias a que había hecho unos pequeños arreglos en los puños de la chaqueta, aunque pensó que la placa con su nombre grabado en ella debía brillar más. Le echó el aliento y frotó con saña hasta que relució. Leyó lo que ponía… y pensó que algo no marchaba bien. La cabeza le dio vueltas, como en aquellos mareos que tuvo cuando estuvo embarazada. Tuvo que apoyarse en la pared para no caerse, porque sintió las piernas flojas y, con pasos cortos, se sentó en la cama.

Cuando se le pasó, no entendió su reacción, exagerada a más no poder: tan solo se trataba de un error. Pediría que le cambiaran la placa y que pusieran su nombre de la forma correcta. En vez de«LUCY», tenía que poner «LUCÍA». Era un fallo sin importancia. Lo resolvería en cuanto llegara a comisaría. Tan solo un pequeño error…

—¡Mamá!

Fue hacia la cocina y vio que su hijo estaba dejando los platos en la poza del fregadero con una sonrisa de pillastre.

—¿Te has comido todo? —le preguntó.

—Claro. —La respuesta del niño hizo que supiera que no era así. Deslizó la mirada hacia su propio plato, aún sin tocar, y vio que tenía dos tiras de jamón menos que antes. No solo se había comido lo suyo…

Sonrió en respuesta y dijo:

—¿Has cogido el bocadillo para la comida?

—Sí. —Para demostrarlo, abrió la cartera de cuero marrón en la que había metido, junto a un par de cuadernos, el bocadillo envuelto en papel del periódico del día anterior.

—Vístete mientras desayuno, cielo —ordenó.

Cuando terminó de recoger la cacharrería, su hijo ya estaba esperando junto a la puerta de salida del piso en el que vivían desde que, hacía dos años, se habían mudado. El aumento de los alquileres en la zona en el barrio donde estaba su casa anterior habían subido tanto que no se lo podían seguir permitiendo y, además, estaba el hecho de que quería conseguir entrar en el cuerpo de policía: un piso en uno de los edificios de los barrios cercanos al centro le permitió continuar con su trabajo anterior mientras luchaba por ingresar en él y, aunque había sido una temporada de grandes sacrificios y mucho trabajo, por fin lo había logrado.

Era su primer día como agente, y aunque no le convencía el corte de la amplia falda del uniforme, ni la manera en que el sombrero se le ajustaba a la cabeza de tal forma que le chafaba el pelo ni el calor que le daba, eso eran simples inconvenientes al lado de la euforia que sentía.

Cuando la luz del sol comenzaba a entrar con timidez por las ventanas, madre e hijo se dispusieron a salir del piso. Lo acompañaría hasta la escuela, de camino hacia la comisaría, y, luego, empezaría a trabajar como policía, dispuesta a demostrar que era tan válida como cualquier hombre en un trabajo que, por fin, había admitido entre sus filas de investigadores a una miembro de su sexo. Era la primera mujer policía que investigaría delitos en la ciudad de…

Se quedó quieta, con el brazo extendido hacia el pomo de la puerta. Las llaves tintinearon al chocar entre sí y, de nuevo, sintió como si un abismo se abriera a sus pies, como si un vertiginoso torbellino de oscuridad la devorase.

—¡Mamá! ¡Vamos, abre! ¿Qué pasa?

La voz de su hijo, con un punto de urgencia, la hizo volver a la realidad. Sonriendo de una forma bobalicona para darle a entender que no pasaba nada, introdujo la llave en la cerradura y, mientras la giraba y provocaba el chasquido del pestillo, miró a su derecha, a la estrecha y alta estantería de mimbre colocada junto a la puerta y en la que había, junto a manualidades hechas por su hijo con la pasión y, al mismo tiempo, torpeza de la infancia, se encontraba el más preciado recuerdo de su marido.

Lo miraba desde más allá del tiempo, congelado en una fotografía en blanco y negro que él había firmado con un mensaje que, en su día, le pareció un sencillo deseo:«Hasta que volvamos a vernos». Un deseo que nunca se cumpliría y que le provocaba un nudo en la garganta. Estaba guapo, indiferente al paso del tiempo, en esa última tarde que compartieron juntos paseando junto al mar. Hundieron los pies en el agua y se ensuciaron con la arena mientras escuchaban las olas romper en el malecón cercano y a las gaviotas chillar volando en círculos sobre ellos. Él llevaba puesto su uniforme en las últimas horas que tenía antes de subir al tren que lo llevaría al barco de la Armada y, de ahí, a los campos de Europa anegados en sangre. Jake había respondido a la movilización que el presidente Wilson había decretado y, enfundado en su traje verdoso, había querido que tuviera una imagen de él como defensor de la libertad y la democracia frente a las malvadas tropas del Kaiser.

Jake nunca volvió de los campos de Soissons. Jake nunca supo que su mujer estaba embarazada de William, que iba a ser padre de un niño sin el cual ella a duras penas habría conseguido recuperarse de la terrible noticia que, mediante un escueto telegrama, le entregaron a finales de julio de hacía nueve años.

Con el tiempo, sin embargo, había dejado de llorar al verlo ahí, en esa fotografía, sonriente y gallardo. Ya no tenía esa sensación de los primeros tiempos, que la hacía abrazarse a la almohada y llorar desconsolada. Ya no pensaba que ese vacío del alma la iba a acompañar hasta el mismo día de su muerte, que siempre iba a ser la tristeza el sentimiento que la dominara hasta convertirla en una sombra.

Con el tiempo, la melancolía se había atenuado y el dolor, difuminado. La vida continuó para ella y nuevos proyectos, nuevos sueños, vinieron a sustituir a los antiguos. William y ella podían vivir gracias al subsidio de viudedad del ejército, pero quería algo más.

Y lo había conseguido.

Abrió la puerta y pronto ambos salieron a las calles de Boston, Massachusetts.

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2 respuestas a “EL MISTERIO DE OTRO TIEMPO

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