El fuego del espacio quema el alma de los hombres (1)

Es un título rimbombante, lo reconozco. Pero me gusta su sonoridad y su capacidad de hacer pensar en mentes desequilibradas, casando con el protagonista de este relato corto que cuelgo. Se podría decir que de terror con un toque (una pizca) de lovecraftianismo, valga el palabro. Para no aburrir al personal, es la primera parte.

Espero que os guste.

Recuerdo perfectamente el día en que empezó todo. Por supuesto, no llegué a saber hasta muchos años después que ese momento, esa noche, había sido el inicio de la pesadilla en que se iba a convertir mi vida, cuando mi padre cogió el telescopio de aficionado que tenía en el trastero y me llevó, en una fresca noche de octubre, al campo que se encontraba a las afueras de la ciudad donde vivíamos.

El coche traqueteaba debido a los baches del camino sin pavimentar que nos permitía dejar atrás las luces y el asfalto, y sus faros eran lo único que rasgaba la oscuridad, como un alma perdida que buscase su lugar de descanso eterno deambulando sin rumbo. La calefacción zumbaba y su soniquete me adormeció de tal modo que no supe cuánto tiempo tardamos en llegar a una casona que, según me dijo mi padre al despertarme con un tierno beso en la frente, había pertenecido al abuelo.

No entramos, sin embargo, y mi padre empezó a montar el trípode en el que colocaría el blanco y usado telescopio que me había enseñado a utilizar desde que empecé a demostrar interés por el mundo que me rodeaba. Me indicó que le ayudara y así lo hice, sonrientes ambos, padre e hijo, compartiendo una extraña aventura nocturna.

He de decir que mi padre contaba entonces con treinta y cinco años, que se había casado hacía once y que, tras nueve meses de haber pasado por el altar, nací yo. Es fácil calcular que yo había cumplido los diez no hacía mucho y era un niño normal, ni muy travieso, ni muy introvertido, ni muy listo, ni muy tonto. Ciertamente, si hubiera podido definirme con el vocabulario que el tiempo me ha ido enseñando, podría haber sido con la palabra mediocre, en su más puro sentido.

Mi padre hizo unas comprobaciones y quitándose las gafas, miró, corrigió la posición del tubo y levantó un pulgar, afirmativamente.

Mira, mira ahí, en el centro –me dijo.

Obediente, coloqué mi ojo izquierdo, pues el derecho lo tenía un tanto vago, en el ocular y vi un punto azulado, muy brillante, tan brillante que rivalizaba con todo lo que se encontraba alrededor.

¿Lo ves? ¿Lo ves? –me preguntó, con un deje de impaciencia en la voz.

Yo asentí y lo miré, sin sorprenderme en mi tierna inocencia de la expresión que asomó a su rostro y que ahora sé que era una mezcla de pánico y alivio.

Es Fomalhaut –aclaró–. Es una de las estrellas más brillantes del cielo…

>>Y tiene un especial significado para nosotros. Para nuestra familia.

No entendía cómo una estrella tan lejana podía significar nada para mí, mi padre o mi madre, pero volví a asentir. Por toda explicación, sin embargo, mi padre se encogió de hombros antes de decir:

Lo entenderás más adelante, cariño.

Y eso fue todo. Recogimos el telescopio, mi padre echó una furtiva mirada a la casucha y montamos en el coche, de regreso a la ciudad, donde mi madre nos esperaba, despierta, con una taza de chocolate bien caliente pese a ser bien entrada la noche.

Mi padre falleció unos años después, joven aún pero sin sufrir en absoluto; la muerte le llegó mientras dormía, y una sonrisa, según me dijo mi madre, se había instalado perpetuamente en su rostro, para siempre.

Soñaba cosas hermosas cuando murió –me dijo, y yo la creí, pese a lo cual la tristeza me embargó durante varios meses, incapaz de asumir que no iba a poder volver a verlo con vida.

Entretanto, yo había crecido, siguiendo con un ritmo existencial que continuaba el patrón de normalidad grisácea y monótona de cuando era un niño: estudiar hasta la universidad, encontrar un trabajo, casarme… Muy común.

Sin embargo, y he de recalcar este aspecto, hubo una decisión que mi mujer y yo tomamos ya antes de la boda y que decidió en buena medida el devenir de los acontecimientos, convirtiéndose en la clave de lo que me ocurriría después.

Ambos optamos por no tener hijos.

Cuando cumplí treinta y cinco años, mi vida comenzó a recorrer una funesta cuesta abajo, sin posibilidad de freno; volví a ver a mi padre, en sueños por supuesto, y, con una voz que parecía provenir de más allá de las insondables negruras del tiempo y el espacio, creí entender que me indicaba que había llegado el momento, que era preciso que enseñara a mi hijo lo que él me había enseñado en su día.

Desperté confuso, recordando los detalles del sueño, a mi padre flotando en el vacío, hablándome, apremiándome más bien, mientras tras él una deslumbrante luz azulada recortaba su figura concediéndole un aspecto angelical y alienígena.

No tenía hijo a quien enseñar nada. Eso sí estaba muy claro.

El trajín de la vida diaria hizo que pronto olvidara el sueño, pero la realidad se volvería nebulosa, borrosa, amenazadora y maléfica cuando tosí fuertemente, sintiendo que el pecho se me partía en mil pedazos y, al alejar el pañuelo, veía oscuros cuajarones de sangre en él.

Mi visita al médico fue inmediata y aunque no poseía antecedentes en la familia y mi estilo de vida era comedido, los análisis no dejaron lugar a dudas. Tenía cáncer de pulmón en un estadio muy avanzado.

Lloré, blasfemé, me golpeé los nudillos contra la pared y maldije mi suerte pero, en última instancia, confié en los cuidados de la medicina moderna y sus tratamientos oncológicos. Al mismo tiempo, mis noches eran una procesión constante de visiones pesadillescas que me atormentaban y me hacían despertar gritando y bañado en sudor, incapaz de encontrar consuelo en los brazos de mi esposa, aferrado a ella, que me acariciaba intentando calmarme en vano.

En las pesadillas, mi padre era devorado por la luz azulada tras él y una estrella cuyo resplandor quemaba mis córneas al mirarla se acercaba más y más, atravesando eones e infinitudes, buscándome, para hacerme suyo.

Era horrible.

El tratamiento frenó el progreso de la enfermedad, pero las consecuencias sobre mi cuerpo fueron devastadoras, haciéndome parecer un espectro consumido, pálido, lampiño y demacrado, con ojos siempre humedecidos por el dolor que provocaban los fármacos y la mente vulnerada, fragmentada y acosada sin posibilidad de encontrar refugio en el dulce olvido del sueño.

Sin embargo, funcionó.

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