La sombra dorada: El pintor

Sinceramente, haber contado con la mano y los pinceles de Jonay Martín Perdigón (esta es la dirección de su portfolio) para la ilustración de cubierta de mi novela La sombra dorada es, como ya he dicho en alguna ocasión, un auténtico lujo. Y no contento Jonay con hacer ese pedazo de dibujo de uno de los servidores de Abaven, el maligno dios de la luz dorada, al leer la novela ha dado forma a uno de los personajes protagonistas, Baako, el líder de los esclavos que luchan contra los señores de la región conocida como el Rastrillo…

Baako
Baako, ilustrado por Jonay Martín Perdigón

Así que, como siempre, no puedo hacer otra cosa que agradecérselo de la mejor forma que sé hacerlo. Jonay, este relato te lo dedico, esperando que te guste.

Y que os guste a todos, por supuesto.


EL PINTOR

–¡Junamee! ¡Junamee!

La señora de la casa llamaba al esclavo gritando desde la planta de abajo. Suspirando por tener que dejar el óleo a medias justo cuando la obra parecía estar yendo mejor, apartó el pincel y la paleta, y echó un último vistazo. Luego lo retomaría, esperando no olvidar los detalles que había imaginado y comenzado a plasmar en el lienzo.

Bajó las escaleras de dos en dos y se inclinó con respeto en cuanto llegó ante la dama Mysna, una agradable mujer de cuarenta y pocos años, cuyas carnes generosas envolvían un interior amable y risueño. Lo miró con el cariño maternal que siempre le dedicaba y dijo:

–Voy a salir a la ciudad. –Se refería a la cercana Rojapiedra. Junamee estaba obligado a no salir nunca de la casa al ser un esclavo de gran valor, para evitar que ningún daño pudiera ocurrirle y se dedicara en todo momento a las obras pictóricas que luego decorarían los mejores hogares del Rastrillo, según le decía su ama. Por ello, la dama Mysna siempre le preguntaba si quería que le trajera algo para su trabajo, como en efecto hizo–: ¿Necesitas alguna pintura? ¿Telas? ¿Pinceles?

–No, gracias, dama Mysna –respondió él inclinando de nuevo la cabeza con respeto.

–Muy bien. Volveré antes del anochecer.

Junamee esperó a que la mujer saliese por la puerta. Había sido una interrupción breve, pero cuando se sentó frente al caballete comprobó que, para su desgracia, la imagen parecía haberse esfumado. Mantuvo, molesto, el pincel con la punta mojada en verde con la intención de dar unos toques esmeralda al vestido de una de las figuras, pero le fue imposible. No pudo evitar un ligero sentimiento de molestia aunque, con un rápido movimiento de cabeza, lo desechó. A fin de cuentas, le debía a la señora todo, por lo que si no podía continuar pintando, era culpa suya y solo suya.

Se acercó a la gran ventana del estudio en el que trabajaba, por la que se filtraba una deliciosa luz de mediodía veraniego, y abrió la ventana para que entrara algo de fresco y los olores de pigmentos y disolventes se escaparan al exterior. Siempre pintaba con ella cerrada, para evitar que los cantos de los otros esclavos en el jardín le desconcentraran. Eran canciones tristes, demasiado tristes, que hablaban de una vida mejor y de las penalidades que había que soportar para tenerla… No los entendía, ni le gustaban. La vida era buena, y la ama se portaba bien con él, así que creía que era incluso una falta de respeto, tolerada solo por la inmensa paciencia de la dama Mysa.

Recorriendo la cinta adoquinada que discurría entre los setos verdosos de la mansión, se veía el carruaje de la señora traqueteando, a punto de llegar a la verja de salida. Sus agudos ojos detectaron una nube de polvo a lo lejos que avanzaba con rapidez, en dirección a la casa y, como si ello le ayudara a ver con mayor claridad, apoyó las manos en el antepecho e inclinó el torso fuera del marco.

La dama Mysna y los guerreros llegaron al mismo tiempo a la puerta de la mansión.

Guerreros. Con sus atuendos y sus armas, montando tan imponentes caballos, no podían ser otra cosa. Era un grupo de dos mujeres y tres hombres, mestizos y negros, de fiero aspecto e intenciones aviesas, ante cuya visión el conductor en la que viajaba la señora detuvo la calesa de inmediato. El tiempo pareció quedar en suspenso y hasta los cantos de los esclavos cesaron, permitiendo a Jumanee escuchar con claridad lo que uno de ellos, el jefe a todas luces, exigía a gritos:

–¡Abre esta puerta ahora mismo! ¡Libera a tus esclavos! ¡Abandona el lugar! –El mulato tenía una mirada fiera en los ojos que Jumanee, pese a la distancia, vio.

Desafiante, la dama Mysna bajó con parsimonia los dos escalones de su transporte y avanzó hacia ellos, colocando los brazos en jarras mientras el cochero se removía inquieto sin saber qué hacer.

–¿Estáis locos? –preguntó ella–. Dejad ahora mismo las espadas en el suelo y esperad a que venga la milicia de Rojapiedra, que os dará vuestro merecido. ¡Canallas!

Jumanee tembló de temor, aunque no sin sentir cierta satisfacción por la entereza y el dominio de la situación que mostraba la mujer, cuya voz había sido clara e imposible de desobedecer… Si bien el líder se limitó a reírse con una estrepitosa carcajada.

No hubo más advertencias. A su lado, una mujer, una diablesa de pelo crespo y cuerpo delgado, tomó el arco que tenía sobre la cruz del caballo, colocó una flecha en la cuerda y soltó.

Jumanee gritó cuando el astil penetró más de la mitad de su longitud en el pecho de la señora, quien miró atónita hacia la mancha de sangre que comenzaba a manchar su fino vestido blanco, intentó decir algo, y se desplomó.

Luego, todo fue demasiado rápido. Con los ojos anegados en lágrimas, Jumanee vio cómo el conductor, sin respetar la memoria de la que había caído a su lado y tantos años de vida segura y tranquila les proveyó, abrió la puerta y abrazó a los salvajes, que se desperdigaron por los jardines de la casa gritando y vociferando.

Los cantos de los esclavos se convirtieron en himnos de regocijo, pero Jumanee no podía dejar de llorar, y ahí lo encontraron, tendido en el suelo, derramando amargas lágrimas por la muerte de quien había sido como una madre para él, la única madre a la que había conocido, y a quien debía todo.

Los cinco delincuentes lo rodearon, y la que había asesinado a la dama Mysna le tocó en el hombro con suavidad; él, como un niño desvalido, se dejó levantar del suelo.

–Soy Deka –le dijo con una sonrisa hermosa, pero que no calmó el dolor de Jumanee–. Tú eres Jumanee, el pintor.

Él asintió, temiendo entonces por su vida. ¿Habían venido a matarle también a él? ¿No podían dejarle en paz, lamentándose del terrible giro que había sufrido su mundo?

–Mis compañeros son Cheeka, Mamadou, Baako y Enu –los presentó, y aunque él no lo viera, sonrieron–. Hemos venido a salvarte. Eres libre, hermano.

Entonces, su lengua puso voz a la ira que sintió. ¿Cómo se atrevían a decir que lo habían liberado, cuando habían matado a sangre fría a la dama Mysna, destrozando así el orden que imperaba en el mundo de amos y esclavos?

–¿Libre? ¿Qué sabéis de libertad vosotros? ¡Desharrapados, sucios, salvajes! –dijo, apretando los puños, sabiendo que en cualquier momento le clavarían un puñal en las tripas–. ¡Asesinos! ¡Canallas! ¿Quién os ha llamado, a ver? ¿Quién ha dicho que necesitaba ver cómo matabais a la pobre dama Mysna? ¿Quién?

Su justa furia, sin embargo, pareció la de un chiquillo ante la carcajada que soltó el más grande de todos ellos, Mamadou. No había nada de divertido en el dolor de Jumanee y, con todo, parecía haber contado la mejor historia cómica del mundo.

–No lo has terminado. –La voz de Baako, profunda pero suave a un tiempo, le llegó desde atrás. Se giró y vio que estaba contemplando la pintura en la que había estado trabajando–. Va a ser muy bonito. Quizá tanto como El ladrón de manzanas.

Jumanee se quedó boquiabierto y no supo qué decir. Baako lo miraba clavando sus ojos negros en él pero sin dureza alguna. Ese salvaje conocía la mejor de las obras que jamás había pintado y de la que se sentía tan orgulloso. La dama Mysna le dijo que colgaba sobre la chimenea de un importante regidor de una ciudad portuaria.

–No tengas miedo. –Baako dio un par de pasos hacia él, mostrando las palmas de las manos en señal de amistad, para ganarse su confianza–. Fuimos como tú: esclavos. Y es nuestra misión liberar a todos los oprimidos del Rastrillo. Ven con nosotros, y te mostraremos una vida mejor.

El pintor pestañeó, incrédulo. No creía ni por un momento en lo que le estaba diciendo Baako. Eran mentiras, intentos de un asesino de engañarle para hacer con él… ¿qué, en realidad?

–Supimos de ti por tus cuadros –dijo entonces Deka, con el torso apoyado en otro de los guerreros, su pareja sin duda, cuyo nombre Jumanee no recordaba–. Queríamos conocerte. Porque te necesitamos.

–¿A mí? –Su mente era un torbellino de preguntas y, confuso, se decidió por una de ellas. Repitió–: ¿A mí?

–Sí –asintió Baako–. Todos podemos cumplir una tarea en la misión de la Caravana de la Libertad. Tú puedes hacer mucho por ella, con tus ilustraciones, hacer que el mensaje llegue a aquellos de los nuestros que no saben leer…

–¿Qué? ¿Me estás diciendo que quieres que colabore con vosotros? ¿¡Cómo se te ocurre tal barbaridad!?

Los cinco se miraron entre sí y el líder asintió con tristreza para luego, en voz baja, decir:

–Has vivido engañado. Tu obra no te pertenece a ojos de los Tanasha-Shi, sino que, para ellos, la ha creado Mysna. Tu señora.

–Tu difunta señora –apostilló riendo Mamadou, lo que le valió una mirada reprobadora de Baako.

–Tu ama ha logrado su riqueza gracias a tu habilidad. Tú no eres nada para ella. No lo eras –rectificó el líder–. No eres nadie para ningún amo blanco.

Jumanee se tapó los oídos. Lo que le estaban diciendo eran mentiras, absurdos intentos de convencerle, y negó con energía. Sin embargo, la voz de Baako, que se había colocado justo a su lado, consiguió llegar hasta su cerebro cuando dijo:

–Nunca has visto los barracones de otros esclavos. No has visto dónde duermen los otros hermanos que trabajan en esta misma casa, sujetos al látigo de los capataces de Mysna. Jamás has contemplado las espaldas azotadas, los dedos amputados, los labios cortados o los genitales quemados.

»No, Jumanee, no lo has visto porque te han mantenido en una jaula de oro, pero lo vas a conocer. Vas a saber lo sucio que es el mundo, quieras o no. Y te garantizo que tus lágrimas dejarán de ser de dolor por Mysna para transformarse en otras de odio y rabia.

»Te lo garantizo.

El pintor

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12 thoughts on “La sombra dorada: El pintor

    1. Gracias, Carlos. Aunque de forma breve, intento reflexionar sobre la capacidad de un sistema esclavista (del que hemos tenido muchas experiencias… y que aún tenemos aunque con otros nombres) de anular la voluntad del esclavizado e incluso convencerlo de que es lo mejor para la víctima… 😉

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    1. ¡Gracias! Es cierto que Jonay (no me cansaré de decir la suerte que tuve de contar con él para la ilustración de cubierta) encarriló mi inspiración: al decirme que Baako era su personaje preferido, supe que tenía que meterlo en el texto que le dedicaba… ¿Qué mejor que en una de sus incursiones de liberación de esclavos?
      ¡Saludos!

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      1. Y además elegiste muy interesante punto de vista empezando con la vida tranquila y privelegiada de Jumanee, así que hasta el final me sentía mucha lástima por la muerte de su ama, y sólo después de explicaciones entendí la justicia de lo sucedido. ¡Saludos!

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      2. Esa era la idea, así que me alegro de haberla plasmado correctamente: a lo largo de la historia, un sistema opresivo (qué te voy a contar a ti…) ha elaborado métodos para hacer que los oprimidos crean que el sistema es el correcto, el natural, y en el mundo de “La sombra dorada”, son los esclavistas de la región conocida como el Rastrillo.
        Presentando a un esclavo “bien tratado” por su ama, se obtiene una visión diferente al papel heroico que Baako y sus compañeros tienen en la novela, aunque el objetivo es el mismo: denunciar la opresión.
        Vaya, me enrollo que no veas… 🙂

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  1. Vayamos por partes:
    En primer lugar, ya indiqué en su día mi admiración por la portada, ¿recuerdas la diatriba sobre el tamaño de la luna?
    Ahora puedo decir con todo conocimiento que es totalmente adecuada al espíritu de la obra y que refleja lo que debe: épica con tintes medievales y unos personajes, err… no quisiera reventar la obra… con no demasiada buena salud.
    Baako es también mi personaje favorito. Aunque sólo fuese por reminiscencias dionisiacas 😀 . Es un héroe pero humano y vulnerable, valiente pero motivado, inteligente pero creíble. Además, su heroicidad final en una tierra abandonada al dios dorado… bueno, todos sabemos o creemos saber pero no podemos comentarlo 😛
    La ilustración es, sencillamente, fantástica. Se adecua tanto al personaje que he sentido un «así me lo imagino, ¡pardiez!». ¡Y es sólo un boceto, según comentas!
    Y en cuanto al relato, en tu línea. Muy claro, aparentemente sencillo, la prosa es muy eficaz, empleando pocas palabras para llevarnos al ambiente o a la acción. Y el argumento, sublime. El conflicto, insisto, aparentemente sencillo, es en realidad notablemente intrincado para un relato de esta longitud. El equilibrio entre diálogos y acción libera al lector de la obligación de estar pendiente del trascurso de la narración, dejándolo tan solo con el placer de leer.
    Por último, querría mencionar el juego de palabras entre el nombre de los dedicatarios y los protagonistas: nunca falla.

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    1. ¿Qué decir? Que gracias, como siempre. Es un placer ver que mi humilde obra tegusta, y que la disfrutas, mi mejor recompensa.
      Una vez más, mi ovación para Jonay, el ilustrador, con quien espero contar para la segunda parte, porque estoy muy orgulloso de decir: mira, esto lo dibuja un tipo genial con el que tuve la suerte de toparme.
      Su dibujo de Baako, con el toque del guepardo (ya sabemos el porqué) es estupendo y me alegra que haya clavado tu imagen de él 😉
      Por mi parte, Baako es también quizá el preferido… pero dándose de codazos con Adía. Un hombre y una mujer a los que quise, desde diferentes modos de abordar el problema de Abaven, hacer cabecillas de la guerra contra el mismo.
      No, no hablaremos mucho del tema que dejas caer, porque destriparemos todo, pero ya te puedes imaginar que Baako… pues eso. ¿No? 🙂
      Y la trama, en efecto, quería que tuviera un aspecto, como mucho de lo que hay en el libro, que reflejara nuestro mundo, pasado, o presente: la opresión y los mecanismos de la misma para “convencer” a los oprimidos.
      El nombre… jeje… esta vez fue fácil. Hay un nombre swahili que es así, tal cual, que enseguida me llevó a “Jonay” 😉
      ¡Un saludo!

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