La semilla (V)

Por si te lo perdiste: (I)(II)(III)(IV)

Lucía no supo qué decir y se limitó a estrechar las manos de los hombres. Rebollo, el que estaba de pie por haberle cedido su asiento, lo hizo en segundo lugar y, cogiendo el expediente, sonrió diciendo con voz que pretendía ser amable y obsequiosa:

–Oficial, ha hecho un gran trabajo. Se lo agradecemos. Pero ahora, nuestras sospechas se han visto confirmadas y nos enfrentamos a una cuestión de terrorismo yihadista. A partir de aquí, nos encargamos nosotros; les damos a todos las gracias por su excelente…

–¿El manco es un terrorista? –soltó de improviso ella, haciendo que Rebollo se quedara boquiabierto.

–Así es, oficial. Y por eso queda bajo nuestra jurisdicción. –Mostró una amplia sonrisa, recuperándose tras el exabrupto de Lucía.

La policía no era novata ni tonta, así que supo que la estaban intentando engañar como a una niña. Había demasiadas cosas que no le gustaban, desde la firma del informe forense a la muy oportuna aparición de un testigo. Sin contar con que un asesinato no era objeto de investigación de la inteligencia española. Pero, a pesar de ser por completo consciente de ello, tampoco quería enfrentarse con la jerarquía. Ni era su trabajo, porque su superior había asentido ante las palabras del hombre del CNI: no había más que hablar. Y, como guinda, estaba su siempre profesional comportamiento con respecto a las normas; si era una cuestión de terrorismo, su ego y sus sospechas de un montaje para quitar el caso de sus manos eran algo secundario.

Por todo ello, asintió:

–Muy bien, señor –se dirigió al comisario y, luego, a los agentes de inteligencia–. Todo suyo, señores.

Salió sonriendo, pensando que, en realidad, si le hubieran dicho que su parte en el caso se había acabado sin darle explicaciones, ella se habría encogido de hombros y lo habría acatado sin más. Todo un detalle que montaran ese paripé.

–¿Qué? –preguntó tras tirarse en su silla, que chirrió al arrastrarla, a su hijo, absorto en el partido con Samuel–. ¿Cómo van?

–Pues mal –respondió su compañero–. Ya les han metido dos.

–Ah. –Lo cierto es que no le importaba lo más mínimo. Contempló a su hijo. Guillermo era un caso de niño con padres separados de manual, por desgracia. Cuando Fernando y ella habían decidido poner fin a siete años de matrimonio, el pobre se había ido retrayendo cada vez más… siempre que estaba en presencia de ambos padres. A sus seis años, ya tenía la suficiente capacidad para castigarlos con un hosco silencio y unas maneras abruptas, y había que dejarle un rato a su aire para que se comportara con Lucía de una manera que se pudiera decir normal. Una forma de ser que para nada mostraba con el resto del mundo. Con Javier, de hecho, se llevaba a la perfección, como si fuera su padre de verdad… o un amigo muy querido, compartiendo horas en la consola y viendo películas.

De hecho, estaba segura de que las amiguitas de su exmarido recibirían más sonrisas de Guillermo que ella.

Y eso que Fernando y Lucía ni siquiera se habían levantado la voz en los momentos más tensos del proceso de divorcio. Había sido una ruptura limpia, negociada, sin sangre ni maldad, y si bien a Lucía le fastidiaba la irresponsabilidad que Fernando mostraba en muchas ocasiones para con su hijo, no habían tenido grandes discusiones al respecto.

Según el reloj, faltaba solo media hora para terminar su turno, así que se dedicó a mirar papeles con aire distraído, escuchando los juramentos por lo bajini de Samuel cada vez que uno de los jugadores de su equipo metía la pata.

Javier se mostró encantado de tener, por sorpresa, al chaval en casa. Ambos cantaron haciendo un karaoke improvisado, y malísimo, de uno de los compactos infantiles que llevaban en el coche para cuando Guille iba con ellos. Mirándolos mientras conducía, Lucía se felicitó porque, aunque aún faltaba un rato para que su hijo dejara de hablarle solo con monosílabos, parecía un niño normal.

Más o menos.

Otra cosa que le encantaba a Guillermo eran los perros. Lucía se permitió una pequeña sonrisa mezquina de victoria al pensar que Fernando no tenía ninguno.

–¡Ren! ¡Lúa! –gritó emocionado cuando los dos animales saltaron en derredor suyo, alborozados, lanzando ladridos de alegría y recibiendo felices las caricias de Guillermo. El niño jugó con ellos mientras Lucía encendía el horno para calentar un par de pizzas congeladas y se desvestía en el dormitorio.

Contempló su figura en el espejo tras quitarse el sujetador. Seguía siendo atractiva, y su cuerpo, gracias al ejercicio moderado y una alimentación sana, era atlético, delgado pero fibroso. Se tocó, sonriendo con cierta tristeza, la cicatriz en su abdomen, recordatorio de la cesárea a la que tuvieron que someterla para poder dar la vida a Guillermo en un parto complicado. El niño estaba enredado con el cordón y venía de espaldas, así que no había quedado otra.

–Estás preciosa –dijo, desde la puerta, Javier, y ella se cubrió, modosa, los senos, sonriendo con picardía.

–No sigas por ahí –le advirtió, agitando una mano–, que tenemos que cenar.

–Bien –dijo él, cerrando la puerta y acercándose a ella–. Quizá luego.

–Sí. –Lucía depositó un suave beso en sus labios al tiempo que le apartaba con suavidad, poniendo una mano en su pecho–. Quizá luego.

Tras engullir las pizzas y dar una vuelta a los perros, Lucía se quedó en casa con Guillermo. El niño encendió la Playstation y cargó un juego de acción en primera persona, de tiros y más tiros, lo que hizo que chasqueara los labios, desaprobadora.

–Si quieres que juegue contigo –le dijo, con lo que Guillermo volvió su carita hacia ella–. Tendrás que poner un Lego.

El niño se rindió. Su hosco comportamiento terminaba por arte de magia en el momento en que había que coger los mandos de la consola, y cambió el disco.

–Vuelvo en media hora o así –dijo Javier encaminándose a la puerta, antes de salir para su sesión de running nocturna.

–¡Ah, oye! –recordó de improviso Lucía–. ¿Por qué no terminaste el informe forense de… lo de ayer?

Se resistía a hablar de muerte real y de las cosas que veía en su trabajo delante de su hijo, aunque quizá en esos juegos había más sangre y tripas que en el mundo.

–¿El qué? –Javier estaba en el umbral, con aire sorprendido, y aunque Lucía no podía ver su cara porque la puerta del salón no ofrecía el ángulo para ello, detectó que su voz se trababa–. Ah, lo del… banquero. Sí, bueno, hice los preliminares.

–Pero no lo firmaste –continuó ella.

–No.

Por un momento, ambos callaron. Impelido por la necesidad de decir algo más, Javier dijo:

–Lo firmó el jefe del Departamento Forense. Bueno, me voy a corretear –terminó, con voz alegre en la que había mucho fingimiento.

Lucía se extrañó. Un nuevo interrogante venía a sumarse a algo que, en realidad, ya no era de su incumbencia. La firma no era del jefe de Javier, como ella bien había visto.

Pero la musiquilla que indicaba que el juego ya había arrancado la sacó de sus pensamientos y la transportó a un mundo de colores y sonidos diferente.

¡Sigue leyendo!

la-semilla

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36 thoughts on “La semilla (V)

  1. Ese “más o menos” se me ha quedado prendado entre los dientes Milord y mirad que molesta no poder sacarselo. Felicitaciones.

    Espero que Lego le de parte de las regalías por la publicidad gratuita. Siempre puede reemplazarlo por un:
    -…los bloquecitos de colores esos”, siempre es un placer hacer rabiar a los hijos haciéndoles creer que no sabemos cosas que para ellos son evidentes.

    Le gusta a 3 personas

    1. Ahm… No sé si se te ha quedado entre los dientes y te da buen sabor de boca, como una brizna de hierba fresca y limpia, o te molesta, como un trozo de pan duro 😀 😀 😀
      Y es que todos los niños son normales. Más o menos, ¿no?
      Lo de utilizar una marca comercial como Lego (y la de Playstation, no te olvides) responde a una sencilla norma que sigo a la hora de escribir diálogos: naturalidad y realismo. Así que, en efecto, podría utilizar eso de los bloques de colores (y el niño que diga: “¡Sí! ¡Al Minecraft!” 😀 😀 :D), pero cuando hablamos, solemos utilizar economía de palabras. Ergo, lo normal será que digamos Lego 😉

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      1. Digamos que es como algo desconocido que no termina de moverse y luchar contra tu lengua mientras tratas de, a la fuerza, empujarlo a su inevitable destino en el gaznate.

        No había notado lo del Playstation, jajajaja, acostumbrado a llamarle así a cualquier tipo de consola.

        Nada, olvida a Minecraft, sigue con Lego que es más decente. XD, pero los niños son quisquillosos en cuanto a las marcas & los conocimientos que manejan, uno NO se puede equivocar frente a ellos o te lo reprochan insistentemente.

        -Yo voy a jugar con el Mario verde.
        -¡Pero mamá te digo que se llama Luigi!

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    1. Sí, jeje, ya sabía yo que ibas a salir por ahí, que ya lo hemos comentado alguna vez 😀
      Claro, es que la policía (en este caso, Lucía) no es tonta. Como ya he dicho a otro compañero en un comentario 😉
      PS: No, no quedará así. Ni de coña. Muahaha!

      Le gusta a 1 persona

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