La sombra dorada: Pluma, papel, tinta y vituallas.

De nuevo, una compañera ha tenido a bien hacer una amable reseña de mi novela “La sombra dorada”, que se puede visitar en este enlace. Y, de nuevo, agradezco el tiempo que me ha dedicado con este relato que espero sea de su agrado. Y del vuestro, por supuesto.


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PLUMA, PAPEL, TINTA Y VITUALLAS

—Espera, espera… ¿Qué? —La mujer miraba de hito en hito al soldado. La intensidad con la que lo hacía era tal que el pobre diablo deseó estar en cualquier otro lugar más agradable, como engrilletado en el calabozo por insubordinación, por ejemplo. La encargada de la logística del ejército imperial de Vetero no levantó la voz pese a su enfado cuando dijo—: ¿Me lo explica, soldado?

—Sí, señora. —Tragó saliva una, dos, tres veces antes de responder, sintiendo un tremendo calor subiéndole por la espalda. De repente, parecía que la temperatura había aumentado mucho—. Los informes redactados la semana pasada parece que contenían un error que ha provocado un retraso en…

—¡Eso ya lo sé, soldado! —bramó ella interrumpiéndolo—. Lo que quiero saber es por qué me viene con estos problemas sin saber siquiera quién ha sido el mentecato que ha metido la pata. Porque no lo sabe, ¿verdad? —preguntó mostrando los dientes.

El soldado negó y bajó la vista al suelo, donde había unas piedrecillas muy interesantes. La comandante, en un arranque de ira, cogió el tintero con el que anotaba las listas de pertrechos necesarios para mantener vivo el poderoso ejército que el emperador Atanasio había movilizado y lo arrojó contra la pared frente a ella. Pasó rozando la oreja del soldado, quien sintió unas gotas de tinta cayendo sobre su rostro. Agradeció que el bote no impactara de lleno contra su nariz. Todo un detalle.

—¡Salga de inmediato y averigüe a quién tengo que colgar por los pies por esta monumental cagada! —gritó ella con la cara colorada por la ira. El soldado creyó tener licencia para irse y, en un abrir y cerrar de ojos, abandonó la pequeña caseta donde la jefa de los intendentes llevaba a cabo su trabajo.

—Joder… —masculló. Se inclinó sobre uno de los muchos libros que tenía abiertos en la mesa, pasando el dedo por entre las abigarradas líneas hasta encontrar lo que buscaba.

Faltaban quinientos toneles de carne en salazón. ¡Quinientos! Eso suponía la comida del ejército al completo durante… hizo rápidos cálculos y volvió a maldecir por lo bajo. Consultó otras anotaciones relativas al resto de vituallas y, un buen rato después, comenzó a sonreír al ver que encontraba la solución. Una solución que no era idónea, pero… mejor que nada, la verdad. Si distribuía los sobrantes de cereales, frutas y carne fresca de un modo inteligente, la falta de esos toneles no se notaría. Al menos, no mucho. Así que se puso a hacer cálculos de nuevo.

Esa era su vida desde hacía unas pocas semanas: cálculos y anotaciones. Anotaciones y cálculos. Día tras día, hora tras hora, la comandante se dejaba la piel para que la logística del ejército fuera perfecta. Mucha gente podía pensar que era un trabajo menor, un cometido cuya importancia palidecía al lado de la labor de los sargentos instructores, o de los profesores de equitación, o de…

Bien, quien pensara eso podía irse a tomar viento fresco. Muy fresco.

Si un soldado entraba en combate desnutrido, descalzo por falta de recambios de botas o, los dioses no lo quisieran, desarmado por un error en el reparto de espadas, entonces sí que se acordarían de ella. La consejera Serena se acordaría sobre todo de ella. Y de su madre. Y de toda su familia.

Así que no, no podía permitirse el más mínimo desliz.

Era como cuando desempeñaba su trabajo de toda la vida, antes de toda esa… locura. Antes del decreto de reclutamiento forzoso de Atanasio para ir a la guerra contra el caudillo misterioso y maléfico que había acabado con los vecinos de Lorry, ese tal Abaven.

Estaba claro que los reclutadores habían examinado su pasado laboral y comprobado que se trataba de una de las mejores y más organizadas mentes de Vetero, nacida para los cálculos, las listas y la organización. La comandante había sido una de las bibliotecarias superiores de la Biblioteca Imperial de la capital, ni más ni menos, una auténtica niña prodigio que se hizo cargo de la dirección del ala norte del complejo cuando tan solo contaba con veinticuatro años. Toda una hazaña, considerando que la media de edad para ocupar ese puesto era de cincuenta. Pero una afortunada concatenación de circunstancias, junto a la más que valiosa capacidad que poseía, la habían aupado a poder codearse con los principales responsables de la magna institución. Incluso se le aprobó, por parte del Consejero de Asuntos Culturales, un detallado plan de catalogación y elaboración de reseñas de las obras de ficción publicadas en el Imperio, ambiciosa y titánica tarea que buscaba elaborar más de cincuenta mil fichas de de libros que siguieran unas pautas propias, diferentes a las que se utilizaban para el tratamiento de biografías, ensayos históricos y tratados sobre arte. Desempeñó su cargo con profesionalidad y eficacia extremas… Y lo abandonó por propia iniciativa cuando tan solo llevaba cuatro años desempeñándolo.

Otra hazaña nunca vista, que dejó a todo el personal de la Biblioteca boquiabierto.

La comandante, sin embargo, tenía una poderosa razón para hacer lo que hizo: sus padres habían fallecido en un trágico accidente durante una tormenta y, aunque la relación con ellos se había enfriado bastante con el paso de los años por la falta de contacto —vivían a muchas leguas de Vetero, en la ciudad de las torres blancas y las calles pavimentadas con adoquines rojizos, Shentiló, así que no se veían mucho—, seguía siendo su hija. Hija única, para ser más exactos. Así que fue la heredera universal del gran emporio comercial de la familia que había proporcionado, entre otras cosas, una esmeradísima educación a la comandante.

No estaba dispuesta a dejar que el negocio languideciera en manos de representantes grises y carentes de talento y que el nombre familiar se diluyera poco a poco hasta que no fuera otra cosa que un recuerdo borroso, así que optó por afrontar un nuevo desafío: tomaría las riendas de la empresa y aplicaría su tesón, su inteligencia y su capacidad de trabajo para expandirla. Sí… Cuantas más noches pasaba en vela pensando en ello, más le gustaba la idea, así que se despidió, dio las gracias a sus compañeros y se trasladó a Shantiló, donde, tal y como esperaba —no podía imaginar un resultado diferente, pues estaba por completo segura de sus capacidades—, el negocio duplicó sus beneficios, los cuales no eran magros antes, en cosa de un año.

Y entonces, llegó la guerra.

Atanasio movilizó al ejército para hacer frente a los bárbaros sureños, pero Vetero no obtuvo ni un momento de descanso: no había hecho otra cosa la fuerza de Serena que regresar, que ya se estaba movilizando una hueste todavía más grande para hacer frente a la amenaza que se cernía desde la conquistada Lorry.

La comandante fue reclutada.

Y ahí estaba, encargada de la intendencia, nombrada responsable logística de la fuerza por la propia Serena tras la recomendación del comité que se encargaba de los destinos de la oficialidad.

—Bien… —La comandante levantó la vista hacia el techo de madera de la barraca y suspiró, aunque en ese suspiro no había pena, nostalgia o lamento sino, por el contrario, una cierta sensación de felicidad confirmada por su mirada soñadora—. Es un nuevo desafío, a fin de cuentas.

Pluma, papel, tinta y vituallas

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12 thoughts on “La sombra dorada: Pluma, papel, tinta y vituallas.

  1. Me ha encantado. Para concretar: las pinceladas irónicas han sido sublimes (cuando regaña al soldado “unas piedrecillas muy interesantes”, por ejemplo)
    Los guiños a la inspiradora del texto también son muy buenos: reseñas de obras en la biblioteca, le van los desafíos y tiene seguridad en sí misma.
    Sigue así, Lord!

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    1. ¡Gracias! Intentaremos seguir así mientras me rulen las neuronas 😀
      En efecto, en este texto me he ido un poco al terreno del sarcasmo, tanto en el uso del narrador como en los diálogos de la protagonista, acercándome al estilo de mis admirados Abercrombie o Sapkwoski, un punto de comedia “irritante e irritada” 😉
      ¡Abrazote!

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  2. Muy buen relato, Luis. Por desgracia, leo todo con mucho retraso, pero mejor así que nada. Por cierto, coincido con la autora de la reseña en el deseo de ver un mapa (me encantan mapas, si sean reales o imaginarios : D ). ¡Saludos!

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    1. ¡Gracias, Yulia! Retraso… yo también llevo últimamente un ritmo de lectura de blogs un poco irregular, así que lo entiendo perfectamente 😉
      Y mapa… sí, habrá mapa para la edición ampliada y corregida. Que lo sepas 😀

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    1. Bueno, fácil respuesta: Después, dado que manifiestas intención de leerla.
      Son relatos autoconclusivos que, en general, son tangenciales a los hechos de la novela, que no suelen contener destripes brutales… excepto alguno de ellos (uno incluso hace referencia al final, así que fíjate 😉 )
      ¡Saludos de vuelta!

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