Tras la barra de la cafetería

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A Pilar le gusta imaginar las vidas de aquellos a quienes sirve el café todos los días. A pesar de no tener más que diecinueve años recién cumplidos, ya ha conocido tres veces el desengaño que produce el final de un amor que arde con la furia de un incendio, y ha decidido que, durante un tiempo, no saldría con ningún chico. Que se daría un tiempo para ella misma.

Piensa que los clientes de la cafetería donde trabaja tienen vidas interesantes, emocionantes, divertidas, exóticas o aburridas, si bien en su fuero interno sabe que son tan insulsas como la de ella misma, condenados todos ellos a unas jornadas propias de autómatas en las que, cree Pilar, su único solaz es el café que ella les sirve.

No es un mal trabajo: Tiene compañeros agradables y la dueña del local es amable y comprensiva, a pesar de no pagar mucho. Pilar supone que ser camarera es solo un trabajo que desempeñará durante un tiempo, un tránsito hacia otro empleo mejor con el que poder vivir por sí sola, con el que dejar la casa de sus padres. Lo cierto es que no se puede quejar, porque siempre han sido cariñosos y nunca, ni siquiera cuando les dijo que no iba a ir a la Universidad, le reprocharon nada. Tan solo es que quiere vivir sola, tener un espacio para sí y nadie más.

Mientras eso llega, Pilar sigue sirviendo cafés cortados, con leche, solos, largos, americanos y capuchinos, acompañados o no de bollos, churros, berlinas, pasteles y madalenas, según decida quien pide. Ella lo apunta y lo lleva con diligencia mientras sonríe.

Y, al mismo tiempo, imagina qué clase de vida puede llevar el caballero avejentado que siempre lleva corbata, o la mujer mayor que viste de negro, o la pareja de mediana edad que consulta sus teléfonos móviles desde que se sientan hasta que se marchan.

Ese día, sin embargo, se ha centrado en dos mujeres —treinta y tantos, con cuerpos atléticos embutidos en chándales— que no había visto antes. Piden dos cafés con leche y dos cruasanes a la plancha. Pilar lo anota y dice que lo llevará en un momento.

Como se han sentado cerca de la barra, centra su buen oído en la conversación de las dos mujeres, pero solo logra captar palabras sueltas. Lo lógico sería pensar que se trata de un par de clientas del gimnasio cercano, pero su imaginación vuela creando otras realidades, y reconstruye lo que ellas dicen en su cabeza:

—¿Crees que es prudente? —pregunta la morena, de pelo largo recogido en una coleta.

—No, claro que no. —La otra, de pelo corto, tez morena y ojos azules, se encoge de hombros—. Pero no tenemos más remedio.

—¿Podrás correr…?

—Sí, claro que sí —la interrumpe con gesto hosco, ofendida—. Aún no han hecho el coche de policía que me pueda coger.

Pilar se sorprende. Están hablando, imagina que están hablando, de la comisión de un delito tras el que tienen que huir… Les lleva lo que han pedido y ellas callan, mirándola. Pilar pone la mayor cara de inocencia que es capaz y entrega la nota con la cuenta. Ellas ponen un billete y le dicen que se quede el cambio.

—El guardia no será un problema —continúa la morena—. Es un gordo que no podrá dar ni dos pasos antes de parar resollando como un cerdo.

La otra ríe la ocurrencia mientras mastica el cuerno del cruasán. Las migas caen al plato y, tras limpiarse los labios, dice:

—¡Qué bruta eres, hija!

—Pues es la pura verdad —replica como si estuviera ofendida—. Debe pesar ciento cincuenta.

—Bueno, mejor para nosotras. Pillamos todo lo que nos quepa —dice señalando la bolsa de deporte en el suelo junto a ella— y salimos por patas.

Pilar está segura de que se refieren a la joyería del centro comercial frente a la cafetería donde trabaja. Es una de las tiendas de un diseñador de exquisitas creaciones en oro, plata y piedras preciosas, y el vigilante de seguridad es, en efecto, un tipo grueso, muy grueso.

Van a dar un golpe para llevarse anillos, collares, gargantillas, pendientes y lo que puedan. Lo más seguro es que tengan contactos gracias a los cuales colocar la mercancía y sacarse un buen pellizco. Quizá se queden algunas para ellas, para poder exhibirlas en su retiro de lujo en Sudamérica, en… Brasil. O Uruguay. Pilar sonríe pensando en que podría acercárseles y decirles que quiere ayudarlas, que va a ir con ellas, que ella también puede correr con rapidez y que tres podrán robar más que dos…

—¡Adiós! —dicen las dos mujeres cuando pasan frente a ella. Pilar estaba embobada pensando en su fantasía y no se ha dado cuenta de que han terminado sus cafés y sus cruasanes y dejan la cafetería.

Sacude la cabeza y recoge los platos, viéndolas marcharse.

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12 respuestas a “Tras la barra de la cafetería

  1. ¡Brillante historia! A menudo me gusta ponerme en la piel de las personas que se me cruzan por la calle y tratar de imaginar cómo son sus vidas; y por motivos similares a los de Pilar. Tiendo a creer que sus existencias son mucho menos insulsas que las mías; que ellas sí que tienen un motivo para respirar y para esbozar cada día una sonrisa; una razón para levantarse y un objetivo que llene el horizonte de su porvenir.
    Lo más intrigante de tu historia, con todo, es que, está redactada de manera tal, que el lector se queda con la duda de si lo que ha oído Pilar es real o fruto de su fecunda imaginación.

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    1. Gracias, Javi. He de dar las gracias a una de las varias camareras de una cafetería frente a un centro comercial a la que voy de vez en cuando. Cuando me sirvió el cortado (con leche de soja 😀 ) imaginé que imaginaría ella… y así surgió el relato.
      ¡Un abrazo, compañero!

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  2. Muy buena Lord, menuda imaginación tenía la camarera, ajaja, ya la quisiera para mi.
    Hay algo que me ha extrañado, ¿dan la nota al mismo tiempo que el pedido? Aquí hacen eso y la mirada que lanzas taladra al camarero/a. ¿Y si quieres pedir más cosas? No sé para mi es raro.

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    1. Aquí en Zaragoza, en los sitios donde se sirve en mesa, suele ser habitual, pero no es la norma. Si pides en barra, se suelen esperar a que el cliente la pida. En fin, que depende de bares, pero en el modelo que he tomado para la cafetería de mi relato (está inspirada en una a la que voy de vez en cuando), lo hacen así 😉

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