EL ORO DE GUNDARIÓN

Así empieza mi nuevo proyecto de fantasía épica, “El oro de Gundarión”, que presentaré al concurso de autores de Amazon, una escena en la que el famoso Caudín está pintando el fresco que inmortaliza la gesta de los Matadragones

EL FRESCO

—¡No!¡No!¡No!
La vehemencia del hombre acompañó no solo a sus palabras, sino también al pescozón que atizó a uno de los innumerables ayudantes que pululaban por el lugar.
—¡Más rojo en la mezcla! —continuó con la cara enrojecida por la furia, señalando al dragón— ¡Más rojo! ¡Ese ojo parece el de un ictérico, idiota!
»Necesita furia, ira, sangre… ¡Necesita más rojo!
Caudín de Transturk prefirió no seguir abroncando al muchacho. Si lo hacía llorar, no iba a ser capaz ni de llevar el pincel a cualquiera de los pintores asistentes. Así que se mordió el labio inferior. Con fuerza, hasta que notó el sabor cobrizo de la sangre en la boca.
En realidad, la culpa era suya, porque jamás había trabajado con una cuadrilla de gente tan numerosa a sus órdenes, lo que suponía un problema de mera estadística. A saber: a más gente, mayor proporción de inútiles. Con todo, el fresco avanzaba a buen ritmo. No le cabía duda de que iba a ser su creación más recordada. El heroísmo implícito, la técnica utilizada, los arriesgados escorzos… había que ser un ciego o un memo para no ver que iba a rivalizar con la afamada serie de paisajes bucólicos del Maestro Santafestra.
Echó un vistazo al óleo que había pintado antes de acometer su plasmación en las enormes paredes del fastuoso salón de la Mansión Vilardi y asintió complacido. La modestia era para los artistas menores y Caudín no era uno de ellos, por descontado. Había necesitado tres intentos para satisfacer a sus patronos, pero el resultado era un auténtico placer para la vista: los cuatro asesinos del terrible dragón Gundarión, heroicos y magníficos en la hazaña por la que habían conseguido fama y renombre un año atrás, arquetipos del honor y la fuerza viril, con el ceño fruncido por el esfuerzo a la hora de acometer el último golpe sobre el gusano alado…
—Juraría que los trabajos avanzan terriblemente lentos.
Caudín no pudo evitar dar un respingo. Zósimo, el mago del cuarteto, se había plantado a su lado sin que se diera cuenta. O había aparecido de repente, que con él nunca se sabía.

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2 respuestas a “EL ORO DE GUNDARIÓN

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