La semilla (XIV)

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CAPÍTULO CUATRO

callof10
Cuidado con el oscuro e informe horror (Vía http://forolovecraft.foro-mexico.net)

–Es la segunda vez que le provoco un desmayo –dijo la forma simiesca con sorna, haciendo que Rebollo le lanzara una mirada reprobadora.

–Aunque no tan… físicamente como antes. ¿Por qué has tenido que salir con tu forma auténtica, si puede saberse? –inquirió mientras rebuscaba entre los frasquitos que había desperdigados en una de las mesas de la sala–. ¡Ah, aquí está!

Regresó junto a Lucía y rompió una ampolla de vidrio de la que salió un olor que recordaba a la hierba cubierta por el rocío matutino, colocándola bajo la nariz de la policía, que tembló y abrió los ojos.

Frente a ella estaba Rebollo, observándola con cierta preocupación. Le preguntó algo que no entendió, y Lucía miró más allá de él, hacia el tercer ocupante de la habitación; el agente Sanz se encontraba de pie, vestido con traje oscuro.

–¿Se encuentra bien? –repitió Rebollo.

Lucía señaló a Sanz con un índice tembloroso, pero fue este quien habló primero:

–Sí, ya nos hemos visto con esta forma. Y sí, lo que ha visto antes es mi auténtico yo.

–Pero –balbuceó–, él… era…

–Sí, sí. –Sanz hizo un ademán con la mano, restando importancia al asunto–. Ha visto algo increíble. ¿No le había advertido mi colega –señaló a Rebollo, que se encogió de hombros– que estaba a punto de entrar en un mundo muy extraño? Pues ahí tiene la prueba. Un gorila parlanchín.

–Aunque le recomiendo que no le llame así –comentó Rebollo sonriendo.

–No, mejor no lo haga –coincidió Sanz–. En realidad, no soy un mono.

–¿Qué es… usted? –se atrevió a preguntar Lucía, sin saber muy bien cómo dirigirse a Sanz.

–Podemos empezar con las explicaciones, me parece –reflexionó, recorriendo con la vista los estantes repletos de libros–. Es el momento decisivo, oficial Utrilla. Cuando le ofrezco las dos pastillitas de colores. Cuando Morgan Freeman explica lo que ocurre antes de lanzarse de cabeza a lo desconocido.

–¿Qué? –Las referencias de… Sanz, por llamarlo de algún modo, descolocaron por completo a la mujer, al tiempo que Rebollo ahogaba una risita.

–Le encanta nuestro cine –aclaró Rebollo.

–Sí, el cine de ustedes –asintió Sanz–. De los humanos, quiero decir.

–¿Humanos? ¿Nosotros?

–Lea entre líneas –dijo con aire de profesor universitario–. Yo no soy humano, como ha visto antes. No pertenezco a este mundo, señora.

–Esto… esto es una locura. –Lucía se puso de pie y agitó las manos frente a ella, sacudiendo la cabeza–. No sé qué quieren, pero será mejor que me dejen salir inmediatamente.

–Fase de negación, aunque sabe perfectamente lo que ha visto. –Sanz parecía divertirse con la situación–. Cómo me ha visto. Es lo que soy, y cuanto menos tarde en aceptar que lo que conoce es solo una ínfima parte de la realidad, antes podremos seguir avanzando.

–Y encontrar a Javier –apostilló Rebollo, que parecía un mero comparsa desde que… la cosa esa… había empezado a hablar.

–¿Javier? –De repente, la mente de Lucía, que amenazaba con fragmentarse en mil pedazos, encontró un asidero en la imagen de su marido y la ira vino a sustituir a la desorientación–. ¿Dónde está? ¿Dónde lo tienen?

–No escucha mucho usted, ¿no? –dijo Sanz, haciendo una mueca de hastío–. No somos nosotros quienes lo tenemos, sino alguien… o algo… que quería recuperar la semilla.

–¿Qué semilla? ¿Pero de qué demonios están hablando? ¡Dígame algo con sentido, o juro por Dios que les mato!

Sanz puso los ojos en blanco ante la bravata, pero fue Rebollo quien, con tono conciliador, habló:

–Entienda una cosa, oficial: no somos sus enemigos. Queremos ayudarla, porque también usted puede ayudarnos.

Lucía ahogó un grito de frustración mordiéndose la parte interior del carrillo y sintió el gusto cobrizo de la sangre en la lengua.

–Mire esto. –Sanz le tendía un libro abierto en el que se veía un grabado. Era, a todas luces, una reimpresión de un tomo antiguo, lleno de apretujada letra de imprenta de siglos pasados; escrito en latín, la página mostraba un cuerpo humano tendido sobre una mesa, abierto en canal, del que surgía una masa informe, como un chorro de tinta que se desparramase desde sus entrañas buscando escapar del cadáver, sin adoptar una figura concreta pero que irradiaba, pese a cierta ingenuidad en el trazado del dibujo, una maldad palpable.

–Lo conocemos –explicó Sanz, golpeteando un par de veces el dibujo con una uña– como una semilla. Es algo de otro sitio.

–Como él. –Rebollo señaló a Sanz queriendo ganar la confianza de Lucía, que hizo un gesto de extrañeza, torciendo la nariz.

–Sí, como yo. Eso mismo. Pero infinitamente más malvado. Las semillas no se caracterizan por cantar Kumbayá.

Lucía se tapó la cara con las manos. La situación no era surrealista, sino lo siguiente. Un gorila que hablaba y al momento siguiente era un hombre, monstruos como charcos de brea, chistes de cultura popular… Se sentía por completo fuera de lugar, sin saber cómo reaccionar, y se rindió suspirando.

–Está bien –dijo, cansada–. Es un monstruo del espacio exterior. ¿Qué tiene que ver conmigo? ¿Qué tiene que ver con…?

Entonces, al mirar de nuevo al dibujo del libro, su mente hizo la conexión necesaria. El hombre del grabado estaba abierto en canal, como los cadáveres con los que Javier trabajaba en el laboratorio forense.

–Esa semilla… ¿Es lo que tiene a Javier? –preguntó, temerosa de escuchar la respuesta.

–No –respondió Sanz–. La semilla es lo que quiere el que lo ha secuestrado.

–Lo cual es un problema, porque la hemos destruido –dijo Rebollo.

La implicación de lo que dijo el hombre hizo que Lucía se estremeciera. Si no podían darle al secuestrador lo que quería, ¿qué sería de Javier?

–Pero no se preocupe, oficial –la consoló Sanz, devolviendo el libro a su sitio–. La ayudaremos a encontrar a su marido. No es que tengamos otra cosa que hacer.

Aunque Lucía pensaba que todo era una horrible pesadilla de la que, en cualquier momento, despertaría, escuchó lo que los dos chiflados le dijeron. Prestó atención, pero algunas cosas le resultaban tan disparatadas que las obvió por completo. Le hablaron de mundos horribles, mundos fantásticos, mundos increíbles y mundos de pesadilla, con seres tan ajenos al sistema de creencias humana que su mera visión era capaz de producir un colapso mental en quien los contemplara. Escuchó cómo le hablaban de ellos mismos, con Rebollo señalándose ufano y orgulloso las letras impresas en su camiseta y que en antiguo fenicio significaban “guardián de la puerta”, una arcana orden que protegía la realidad de las incursiones de seres como la Semilla.

–¿Pero qué es la Semilla en realidad? –Lucía no pudo evitar preguntarlo, intrigada a su pesar por las fantasiosas explicaciones de los dos… “guardianes”–. ¿Y cómo llegó hasta el hombre muerto?

–En respuesta a lo primero, no está claro –respondió Sanz toqueteándose el labio inferior–. Algunos, como el eminente Doctor van Rijksteer opinan que es el esperma de un dios antiguo e innombrable, que cae a los mundos físicos en ocasiones…

–Yo me inclino por la teoría de Emilianus –terció Rebollo–, quien ya en el siglo segundo opinó que se trataba de una especie de sondas físicas que allanaban el terreno para la conquista posterior.

–Espere –dijo Lucía–. ¿Siglo dos? ¿Roma?

–Sí –respondió Rebollo–. Los guardianes existimos desde hace mucho. Desde el alba de la humanidad en este mundo. En otros… aún antes.

Lucía meneó la cabeza. La ristra de locos, entonces, venía desde hacía siglos… aunque en su mente no podía evitar la certeza de lo que había visto. Su mente racional se resistía a creer en la veracidad de lo que le estaban diciendo, pero…

–Sea como fuere –continuaba hablando Sanz–, había que capturarla y destruirla. Es lo que hacemos.

»En cuanto al hombre que murió… aunque no estamos seguros del todo, creemos que se trata de un iniciado que jugó con cosas que le venían grandes.

–Tenga en cuenta que son hipótesis –interrumpió Rebollo, como pidiendo disculpas–. Sin tener muchos datos, nos vemos obligados a recurrir a la imaginación para rellenar las lagunas.

–Cierto –coincidió Sanz–. Imaginamos que el muerto tenía a la Semilla confinada en el banco…

–¿En el banco? –se permitió decir Lucía tras un bufido–. ¿Estaba esa Semilla haciendo alguna transferencia, o qué?

Aunque Sanz se rio, siguió hablando con voz muy seria:

–Antes de desplegarse para poder ocupar el espacio tridimensional, la Semilla cabe en un sitio muy reducido. Como un frasquito, por ejemplo. Creemos que, de algún modo, el muerto se hizo con la Semilla y la guardó en un receptáculo mediante hechizos de atadura, guardándola en una caja de seguridad. Y que fue al callejón donde encontró su muerte. Ahí, la Semilla tomó el control del hombre, introduciéndose directamente en su cuerpo.

–Por arriba –completó Rebollo, dándose unos golpecitos en el cráneo.

–¿Y qué hacía en ese callejón? –preguntó Lucía, haciendo gestos de incredulidad.

–Detectamos –contestó Rebollo– un fuerte hedor a magia residual en la zona donde la Semilla mató al tipo, lo que nos lleva a pensar que, para el muerto, era un lugar adecuado donde poder llevar a cabo un ritual. Es de suponer que uno que implicaba despertar a la Semilla.

–El lugar y el momento adecuado –terció Sanz, asintiendo–. Para lo que fuera que hiciese, era entonces, y no en otra ocasión. La magia fluctúa y, muchas veces, es cuestión de aprovechar las escasas ventanas de oportunidad que aparecen.

»Supimos de ella gracias a… bueno, tenemos nuestros sistemas de vigilancia, podríamos decir. Fuimos en cuanto nos enteramos pero…

–Por desgracia –continuó Rebollo–, llegamos tarde. Cuando nos enteramos de dónde estaba… en quién estaba, el huésped ya había sido encontrado por la policía.

–De ahí todo el espectáculo que montamos. –Sanz asintió con gravedad–. No ha sido nuestra operación más limpia, la verdad. Tuvimos que engañarles, a usted, a su marido y al comisario, para conseguir el cuerpo antes de que ocurriera algo que no pudiéramos controlar.

–¿Cómo qué? –inquirió Lucía, parpadeando–. Estaba muerto.

–No, señora mía –la contradijo Sanz–. Era el huésped quien estaba muerto, pero la Semilla lo animaba. Su marido tuvo suerte al hacer la autopsia, porque lo podía haber matado.

–Sospechamos que el frío de la morgue hizo que entrara en una fase de letargo –explicó el otro hombre–. Son bastante sensibles a los cambios de temperatura extremos.

–Entonces… –Lucía empezaba a entender la cuestión, a colocar las piezas que le habían faltado cuando había pensado en las cosas que no le cuadraban–, ese sin techo que declaró…

–Era yo, por supuesto –dijo Sanz, señalándose el pecho–. Conocer la magia de ocultación y simulación tiene muchas ventajas.

–Pero sus placas identificativas…

–¿Las del CNI? –En la voz de Sanz había una suficiencia insufrible–. Vieron lo que querían ver. Hechizos muy elementales, en realidad, de manipulación de la percepción.

–Ya veo. –Lucía se sintió como una niña a la que han engañado con trucos para tontos y bajó la cabeza–. ¿Y Javier? ¿Qué hay de él?

–Sobre eso, creo que podemos hacer algo al respecto –dijo Sanz, ensanchando su sonrisa.

¡Sigue leyendo!

la-semilla

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25 thoughts on “La semilla (XIV)

  1. Leido y gozado como se merece, pese a ello, he aquí lo que considero incorrecto: “–Fase de negación. –Sanz parecía divertirse con la situación–*, aunque sabe perfectamente lo que ha visto. Cómo me ha visto. Es lo que soy, y cuanto menos tarde *e aceptar que lo que conoce es solo una ínfima parte de la realidad, antes podremos seguir avanzando”. Entiendo que deberías revisar la composición de la frase o dónde colocar el inciso y añadir la “n” que ha de aparecer precediendo a aceptar.

    Intuyo que se te ha pasado por alto, porque a estas alturas de la película si algo tengo claro es que tú sabes de qué va esto de escribir y cómo lo has de presentar.

    Saludos

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    1. Bien visto. La “n” es un error, en efecto, y lo anterior, un horror 😀 😀 😀
      Comas, puntos, venga, hale, como si no hubiera un mañana a poner cosas… En fin, lo corrijo a:
      “–Fase de negación, aunque sabe perfectamente lo que ha visto. –Sanz parecía divertirse con la situación–. Cómo me ha visto.”
      Gracias por el aviso 😉

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  2. Uaaaauauuuuuuu!!!!!!!! Con esta última entrega ya caigo rendida a tus pies! Los toques de humor-ironía me han encantado. Todo lo de la magia, los mundos y los portales, ufff chachi-chachi. Mira, ya has conseguido que hable como una chiquilluela (¿ese palabro existe?)
    Espero con ansias la próxima entrada!😘

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    1. En este fragmento, lo cierto es que se nota mi peculiar visión del terror como género, pues lo suelo mezclar con fantasía. Si conoces a Lovecraft (volvemos a mencionarlo), los elementos definitorios están ahí, pero pasados por un filtro más fantástico que angustioso-terrorífico. Así como Stephen King apuesta por mezclar lo sobrenatural infiltrándose en la realidad, a mí me gusta que lo haga con toques que se acercan a la fantasía urbana.
      Soy así, qué le vamos a hacer 😀
      Gracias por comentar, como siempre 😉

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  3. Genial!! 😀😀 La mezcla de humor – fantasía es perfecta!! Guardianes con camisetas en fenicio, momento Morgan Freeman/Matrix 😉😉 Seres de otros mundos, hechizos y magia!! La cosa se pone muy pero que muy interesante!
    Dos cosicas: primera línea, el binomio provocó (al que le falta la tilde) – provocando no suena bien (mira que has hecho de mí, una obsesa por la sonoridad!! 😅)
    Error tipográfico en tercer párrafo, donde hay una coma en el inicio de una línea.
    Un abrazo, Lord! 😊

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    1. Cuando lo colgué, me di cuenta de que te había explicado lo del momento Morgan Freeman hacía poco… Fue casualidad, en serio 🙂
      Como le he dicho a Sadire, me gusta mezclar elementos que entrarían dentro de la fantasía urbana con mis textos de “miedín”…
      Me pongo a revisar lo que me anotas pero que ya… El provocando lo cambio por “haciendo”, pongo tilde y quito coma. ¡Gracias por los apuntes! 😉

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  4. Ea amigo, ya va encajando todo poco a poco y yo estoy mas ansiosa todavía. Escribes y describes muy bien, y siembras una semilla de impaciencia jajaja, claro, no la de tu historia que es un mortal parásito con poderes malignos… Estoy disfrutando como una niña con un chupete. Besos a tu alma y muchas gracias.

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    1. Gracias por tus palabras, como siempre 😉
      En efecto, era hora de encajar piezas, porque si no, quienes leen algo que no deja de sumar y sumar intrigas, se pueden acabar sintiendo engañados… o eso pienso yo. Creo que, si al llegar a mitad de un texto (sin importar su longitud), no se deja buena cantidad de cosas claras, no se está llevando un esquema narrativo correcto.
      ¡Un abrazo!

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    1. Hombre, Carlos, no es cuestión de torpeza: a fin de cuentas, quien escribe es el único que tiene todas las cartas, y si bien alguna pista puede hacer que quien lo lea adivine o imagine, hasta que no se aclare, el texto puede ser oscuro 🙂
      ¡Saludos!

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