El romance del falso caballero: capítulo 5 (III)

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5: (I)(II)

Para cambiar de tema y alejar de su mente los pensamientos de Elin y el Bello, Perceval dijo con voz un tanto adusta:

–Lo que daría por un caballo… Creo que jamás me he sentido tan fatigado.

–Todo el día corriendo de aquí para allá, cargando con estas corazas… –El Bello coincidió con él, dándose una fuerte palmada en el pectoral de acero que produjo un sonido atiplado–. Si pudiéramos hallar la salida de este maldito pantano, quizá encontraríamos mis monturas.

»Siempre viajo con tres caballos –añadió a modo de explicación.

Perceval asintió sin comentar nada acerca del excesivo número de animales con los que cabalgaba. Del Bello se contaban cosas muy extrañas, pues su carencia de recuerdos sobre su vida pasada antes de llegar a Camelot daba pie a numerosas teorías. Cada detalle de su comportamiento, cada palabra que decía, cada acción que acometía, era examinada e interpretada por los pobladores de la corte de Arturo, siendo los caballeros de la Tabla Redonda los más duchos en inventar pasados para el hombre que, sabedor o no de tales juegos, continuaba proclamando que algún día recuperaría la memoria.

Hasta entonces, seguirían especulando.

–Descansemos un poco –sugirió Perceval y, antes de que el otro pudiese responder, se sentó, casi se dejó caer, en una roca cercana. Estiró lo que pudo la espalda dentro de su armadura y sintió las vértebras de la columna crujiéndole una a una–. Pensemos en cómo salir.

–Se me ocurre –dijo el Bello, mirando en rededor, buscando también una piedra que utilizar a modo de asiento– que uno de los dos podría trepar a uno de los árboles y mirar para ver por dónde seguir.

–Conmigo no contéis, Bello –resopló Perceval mientras desataba el cinto y colocaba la espada a un lado, en el suelo, junto al yelmo que también se quitó.

–¿No os gustan las alturas?

–No en exceso –replicó Perceval–. Pero es más bien porque nunca he sido bueno escalando. Tardaría todo el día en alcanzar la mitad de… ese tronco –señaló a uno no muy alto–. Y ni siquiera estoy seguro de conseguirlo.

–En ese caso, subiré yo.

No hizo falta que dijeran nada más. El Bello, espoleado por su misma determinación, comenzó a desatar las piezas de su armadura para permitirse una mayor ligereza de movimientos. Perceval le ayudó y un buen rato después, la armadura del Bello estaba formando un ordenado montón brillante junto a los dos. El caballero flexionó los muslos esbeltos y rotó los brazos, desentumeciendo los hombros.

–¿Preparado? –preguntó Perceval. El otro asintió–. Tened cuidado, Bello.

El caballero asintió de nuevo y comenzó a trepar tronco arriba con gran agilidad. Pronto se perdió entre las ramas, y a Perceval le llegaron los sonidos de pájaros ofendidos que alzaban el vuelo a su paso, de ramas chasqueantes que eran apartadas, de hojarasca sacudida por el cuerpo del Bello.

No le quedaba otra que esperar.

¡Sigue leyendo!

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14 thoughts on “El romance del falso caballero: capítulo 5 (III)

  1. Vaya menos mal, que al menos hemos tomado la determinación adecuada. Dejar de marear las armaduras y buscar la salida del pantano, subiendo a lo alto de un árbol, que espero esté deshabitado y no sea la despensa donde las sirenas guardan la cena o se va a liar una más sangrienta que parda. La zona de la corteza que acumula mohos y líquenes es la que mira al Norte en éste hemisferio, por si acaso sea que pasan cerca de vuecencia los enlatados se lo recuerde, que ya me están dando pena. Leñe. Un abrazo.

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    1. No había pensado yo que pudiera haber sirenas en las ramas de los árboles. Si al Bello le sale alguna ahora, que sepa que la culpa es tuya 😀 😀 😀
      Y estos de líquenes me parece que saben más bien poco, que bastante tienen con andar como bobos enamorisqueados. De todos modos, no hay que preocuparse: seguro que ve algo desde las alturas. Otra cosa será que le guste lo que vea…

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  2. Uy, acusan s tus protas de cazurros?! No será que se les pega algo de su creador?! Jajaja 😅 La broma fácil, no me la tengas en cuenta 😉
    Bueno, la historia avanza a paso lento y me da aue Perceval está receloso del Bello…
    Una aportación: en la primera intervención del Bello hay dis verbos “encontrar” muy juntos. Te propongo un sinónimo como hallar ☺
    Un saludo, Lord!

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    1. 😀 😀 😀 😀
      Es lo primero que he pensado cuando he leído el comentario de Peris, así que no te la puedo tener en cuenta 😉
      Un poquito de tensión entre caballeros hechos y derechos comportándose como adolescentes me pareció graciosa de contar, así que ahí quedó 😀
      Y bien vista la repetición. Edito ahora mismito, ¡gracias!

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  3. Subido a la rama como una vulgar Urraca, no hay decencia, no. Y ¿qué es eso de quitarse la armadura? Todo buen caballero ha de dormir armado. Me refiero a la coraza y no a sus sucios pensamientos con la virginal, grácil y, sin embargo, contundente, Elin.
    En fin, que se acerca «zuzto» y yo no me lo pierdo. He cogido buen sitio en lo alto de esta noguera, donde he comprobado que no hay lechuzas agresivas.

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    1. Como le he dicho a Carlos, si salen bichos voladores que han hecho del árbol su nido, la culpa es suya, por dar ideas. Así que ten cuidado, no vayan a darte a ti el “zuto” y te caigas nogal abajo, que no estamos para partir nueces 😀
      Y la verdad, creo que el Bello ha hecho bien quitándose la coraza, porque trepar con ese peso muerto… Aunque, claro, está siempre la cruda elección movilidad/defensa. No, por nada lo digo.

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      1. Sí, aunque las armaduras no restaban tanta movilidad como pueda parecer —evidentemente, a personal entrenado: a mí me caen esos veinte o treinta quilos de acero y no me muevo ni para pedir un vino—:

        El vídeo lo conocí en el minicurso de combate literario de Ana Katzen sobre cómo escribir peleas (in)creíbles:
        http://anakatzen.com/2016/03/como-escribir-peleas-creibles.html
        Y lo de dormir con la armadura puesta era un requisito de las órdenes de caballería desde el siglo XII al XV, aprox. —Cómo se las apañaban un mes entero con la armadura puesta no lo sé, pero el acuartelamiento debía oler… no sé cómo expresarlo.—
        Creo que lo que has dicho tú es lo cierto de verdad: la cruda elección entre movilidad/defensa.

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      2. Yo es que es verlas puestas en un maniquí y me entran sudaderas de imaginarme dentro (aunque haga ejercicio desde hace muchísimos años regularmente)
        Voy a echar un vistazo a la página esta, a ver qué cuenta 😉

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