El romance del falso caballero: capítulo 5

Aquí va el capítulo 5 al completo. Las cosas se han quedado un poco mal para nuestros aguerridos caballeros…


CAPÍTULO 5

–Por favor, Perceval, parad un momento. –El aludido, que corría un par de pasos por delante de su compañero, se giró hacia el Bello Desconocido con expresión interrogativa–. Creo que no vamos a poder alcanzarlo.

Se refería al fueguecillo que llevaban persiguiendo ya durante un buen rato, desde que Morgana les dijo que debían capturarlo para que no revelara su presencia. Lo cierto es que el Bello pensaba que todo podía haber sido en realidad una argucia de la mujer para librarse de ellos: era bien conocida la animadversión existente entre los caballeros de Camelot y la hechicera.

–Si seguimos corriendo así –continuó al tiempo que se secaba el sudor de la frente; la humedad en el pantano de Genindas era abundante, y sentía la ropa acolchada bajo la armadura empapada por completo–, vamos a acabar muertos de fatiga.

–Os entiendo, amigo mío. No creéis que vayamos a capturarlo, ¿verdad? –El Bello meneó la cabeza contestando la pregunta de Perceval–. Se detiene esperándonos, como burlándose de nuestros esfuerzos, y cuando estamos a punto de cogerlo, vuelve a poner distancia con nosotros…

–Somos Aquiles persiguiendo a la liebre… –reflexionó el Bello, acariciándose el fino bigote.

–¡Ea, pues! ¡Dejemos al espíritu campar a sus anchas, y que vaya a contar a quien quiera…!

–Mirad, amigo mío –le interrumpió el Bello, señalando al lugar donde había estado hasta hacía unos momentos el fuego fatuo–. ¡Ha desaparecido!

Perceval, que se preciaba de tener buena vista, miró en rededor intentando encontrar signos de su presa. Sin éxito. Se encogió de hombros y suspiró, diciendo:

–Menuda cacería hemos llevado a cabo.

–O a lo mejor es que hemos hecho el pánfilo.

–¿Os referís a que todo haya sido un truco?

–De Morgana, en efecto. –El Bello apoyó su espalda contra un árbol cercano y examinó las hojas de la rama más baja, arrancando un par de ellas y llevándoselas a la boca. Las mascó con evidente fruición y Perceval lo miró extrañado, pero no dijo nada–. Creo que quería quedarse a solas con Elin.

–¿Por qué haría eso?

–¿Por qué hace cualquier cosa esa bruja, amigo mío? Si no fuera la hermanastra de Arturo…

Ambos callaron frunciendo el ceño. Como su rey y señor, obedecían a Arturo y no ponían en tela de juicio sus decisiones, pero lo que mostraba frente a Morgana era calificado por muchos de insensata ceguera. Más de una vez había estado implicada en maquinaciones que buscaban socavar la autoridad del señor de Camelot o poner en evidencia a algunos de sus caballeros por simple malicia, pero no se la había castigado al no hallarse pruebas que convencieran a Arturo. Una lástima.

–En ese caso –dijo Perceval golpeándose la palma de la mano con el puño–, ¡debemos volver cuanto antes!

–Coincido, amigo mío.

Se dieron media vuelta, pero pronto vieron que desandar el camino efectuado sería mucho más complicado de lo que creían. Habían atravesado zonas lodosas y senderos de tierra cubiertos por hojas enmohecidas, apartado arbustos y zarzas, rodeado árboles de grueso tronco… ¡Si al menos contaran con Gawain, el mejor rastreador de toda Inglaterra!

Perceval y el Bello Desconocido intentaron, pese a todo, desandar el camino que habían seguido… pero tuvieron que reconocer que estaban perdidos un rato después. Las zonas que creían reconocer por haberlas atravesado antes les llevaban a otras que les eran desconocidas por completo, y cuando creían ver un árbol de forma peculiar que les había llamado la atención horas antes, al seguir caminando se daban cuenta de que no era así.

Todo lo que les rodeaba, de hecho, parecía fluctuar, como si el pantano de Genindas formase parte de un sueño extraño. Extraño y maloliente, porque el hedor a hojas putrefactas y agua estancada aumentaba cada vez más, lo que hizo que Perceval preguntara para sí:

–¿Acaso este pantano es tan extenso que no tiene fin?

–¿Qué decís, amigo mío?

–Estaba pensando en voz alta, simplemente. Tengo la impresión de estar adentrándonos cada vez más en el pantano; no creo que estemos acercándonos a la salida.

–Os puedo decir, Perceval –dijo el Bello–, que este pantano es uno de los lugares mágicos del reino. Como la Isla de las Manzanas o la misma Camelot, poderosas energías sobrenaturales bullen en su aire, por debajo de su tierra, en cada una de las piedras.

El Bello entrecerró los ojos y lo miró con gesto inquisitivo, diciendo:

–¿Conocéis este pantano acaso?

–¡Oh, no, amigo mío! No en realidad. –Tronchó una rama, que pareció soltar un quejido, para poder seguir su camino –. Como vos, es la primera vez que lo piso, pero antes de venir aquí, Merlín me contó cosas…

–¿Qué os dijo? –lo interrumpió Perceval cogiéndole del brazo, obligándole a parar –. ¿Con qué motivo os mandó?

–¡Más despacio, amigo! –rio el caballero ante la expresión de urgencia de Perceval–. Las preguntas de una en una… aunque bien es cierto que todas pueden ser respondidas al mismo tiempo.

–¡Pues hablad! ¡Por Dios os lo pido! Que la dama Elin y yo fuéramos enviados también a este pantano pero por el camino nos encontráramos con la hechicera, no deja de ser escamante…

–Entiendo que Merlín no os dijo nada…

–Tan solo que hallaría respuestas sobre mi búsqueda.

El Bello Desconocido cruzó los brazos sobre el pecho, tabaleando contra la placa pectoral de su coraza con el dedo índice. Dijo:

–Es curioso. Pues también a mí me dijo que encontraría respuestas a mi búsqueda en el pantano.

–¿Os referís a vuestro nombre? –supuso Perceval. El Bello asintió; como bien se sabía, el Bello deseaba por encima de todo conocer cuál era su pasado, su linaje, su nombre. No hizo falta que expresaran en voz alta cuál era el principal acicate en la vida de Perceval, pues de toda Camelot era conocida la obsesión por el Santo Grial.

–Es posible, entonces, que también el viejo nos haya engañado. ¿Acaso se creerán estos magos del demonio que somos acémilas a las que tomar el pelo?

–No os pongáis así –lo calmó Perceval, siempre dado a la mesura–. De nada vale lamentar ahora haber hecho caso a Merlín. Y, además, es posible que nuestra misión aquí sea ayudar a la hermosa Elin. Quizá la búsqueda, en realidad, sea la suya, ¿no creéis?

El otro, con el mentón bien alzado en gesto de altivez, pareció ablandarse un tanto al escuchar el nombre de la muchacha e incluso curvó los labios en una leve sonrisa.

–Decís bien, amigo mío. Por ayudar a la dama Elin, bien podría adentrarme en el Hades… ¡o en este maldito pantano!

Perceval torció el gesto un instante tan breve que el Bello no lo vio por fortuna. No le había gustado la mirada ensoñadora que el otro adoptara al hablar de Elin, pues sentía por la joven algo más que una mera camaradería de armas pese a las palabras un tanto bruscas que le había dedicado. Se consideraba a sí mismo, frente a la legendaria galantería del Bello, un patán maleducado por no ser capaz de decir a Elin ciertas cosas que, de seguro, saldrían de los labios del Bello con total fluidez, un torrente de frases melosas y cantarinas que regalaran los oídos de la joven.

Para cambiar de tema y alejar de su mente los pensamientos de Elin y el Bello, Perceval dijo con voz un tanto adusta:

–Lo que daría por un caballo… Creo que jamás me he sentido tan fatigado.

–Todo el día corriendo de aquí para allá, cargando con estas corazas… –El Bello coincidió con él, dándose una fuerte palmada en el pectoral de acero que produjo un sonido atiplado–. Si pudiéramos encontrar la salida de este maldito pantano, quizá encontraríamos mis monturas.

»Siempre viajo con tres caballos –añadió a modo de explicación.

Perceval asintió sin comentar nada acerca del excesivo número de animales con los que cabalgaba. Del Bello se contaban cosas muy extrañas, pues su carencia de recuerdos sobre su vida pasada antes de llegar a Camelot daba pie a numerosas teorías. Cada detalle de su comportamiento, cada palabra que decía, cada acción que acometía, era examinada e interpretada por los pobladores de la corte de Arturo, siendo los caballeros de la Tabla Redonda los más duchos en inventar pasados para el hombre que, sabedor o no de tales juegos, continuaba proclamando que algún día recuperaría la memoria.

Hasta entonces, seguirían especulando.

–Descansemos un poco –sugirió Perceval y, antes de que el otro pudiese responder, se sentó, casi se dejó caer, en una roca cercana. Estiró lo que pudo la espalda dentro de su armadura y sintió las vértebras de la columna crujiéndole una a una–. Pensemos en cómo salir.

–Se me ocurre –dijo el Bello, mirando en rededor, buscando también una piedra que utilizar a modo de asiento– que uno de los dos podría trepar a uno de los árboles y mirar para ver por dónde seguir.

–Conmigo no contéis, Bello –resopló Perceval mientras desataba el cinto y colocaba la espada a un lado, en el suelo, junto al yelmo que también se quitó.

–¿No os gustan las alturas?

–No en exceso –replicó Perceval–. Pero es más bien porque nunca he sido bueno escalando. Tardaría todo el día en alcanzar la mitad de… ese tronco –señaló a uno no muy alto–. Y ni siquiera estoy seguro de conseguirlo.

–En ese caso, subiré yo.

No hizo falta que dijeran nada más. El Bello, espoleado por su misma determinación, comenzó a desatar las piezas de su armadura para permitirse una mayor ligereza de movimientos. Perceval le ayudó y un buen rato después, la armadura del Bello estaba formando un ordenado montón brillante junto a los dos. El caballero flexionó los muslos esbeltos y rotó los brazos, desentumeciendo los hombros.

–¿Preparado? –preguntó Perceval. El otro asintió–. Tened cuidado, Bello.

El caballero asintió de nuevo y comenzó a trepar tronco arriba con gran agilidad. Pronto se perdió entre las ramas, y a Perceval le llegaron los sonidos de pájaros ofendidos que alzaban el vuelo a su paso, de ramas chasqueantes que eran apartadas, de hojarasca sacudida por el cuerpo del Bello.

No le quedaba otra que esperar.

El Bello había elegido bien el árbol al que subir, pues su tronco no parecía estrecharse por mucho que ascendiera. Siguió trepando hasta que llegó a una altura en la que superaba las copas de los árboles circundantes que, aunque no se apiñaban como en otros bosques, sí podían haberle impedido una visión clara del terreno en rededor. Así pues, cuando ya en torno suyo no había problemas de visibilidad, decidió concluir su ascenso. Comprobó la firmeza de la rama en la que estaba asegurándose de que mantendría su peso, y esperó poder hacerse una idea cabal del camino que tendrían que seguir.

Se orientó mirando al sol, a su izquierda, y contempló la extensión pantanosa cuajada de árboles aquí y allá, intentando encontrar un sendero, un claro, algo que le permitiera tener un punto de referencia, pero pronto su atención quedó atrapada por lo que se levantaba hacia el norte. Incapaz de creer por completo lo que estaba viendo, se frotó los ojos pensando que podía ser un espejismo como aquellos sobre los que Palamedes les hablaba cuando recordaba sus tiempos en los desiertos de Arabia.

Seguía allí, sin embargo: sobre un altozano, al norte, se erigía una fortaleza de murallas redondas y lisas, pintadas del color de los rubíes, que protegían unos altos edificios coronados por cúpulas cónicas que reflejaban el sol de tal modo que parecían estar ardiendo.

–¿Qué se supone que es eso, por el amor de Dios? –masculló incrédulo, dado que no sabía de ningún señor que hubiera levantado una fortaleza en el pantano. Sin embargo, era el único punto de referencia que pudo encontrar, pues Genindas se extendía hasta donde alcanzaba la vista, así que descendió para darle la noticia a Perceval.

–¿Creéis que será prudente ir allá, entonces? –le preguntó el otro caballero cuando le contó qué había visto.

–No. No lo creo. –El Bello miró hacia su armadura y cogió una de las musleras, reflejándose su atractivo rostro en la bruñida superficie de metal–. Pero es la única cosa que se me ocurre que podamos hacer.

–Sea entonces. Os ayudaré a armaros –concluyó Perceval levantando la pieza pectoral, justo en el momento en que se oyó un grito proveniente de lo alto, de más allá de las copas de los árboles que los rodeaban.

–¿Qué ha sido eso? –El Bello miró con desconfianza hacia el cielo, confiando en vano poder ver algo–. Juraría que no ha sido un grito humano.

–Tampoco lo creo yo, caballero. Hay en este pantano demasiadas cosas extrañas, a fe mía. Será mejor que os arméis lo más rápido que podáis, pues no se sabe a qué tendremos que enfrentarnos ahora.

El Bello coincidió y comenzó a cubrir su cuerpo con el acero.

Se escuchó otro grito, como el chillido de un grajo cuyo volumen hubiera aumentado de manera infernal. Esta vez, más cercano.

–¿Creéis –preguntó Perceval– que viene hacia aquí? ¿Es posible que os hayan visto… ahí arriba?

–No lo sé, Perceval. A nadie he visto yo en ese castillo, pero si ellos cuentan con ingenios que permiten atravesar las distancias, como Merlín… Solo espero que no se trate de un dragón.

–¿Un dragón? –preguntó Perceval con alarma.

–¿No oís el ruido de batir de alas? –El Bello levantó el brazo para que el otro hombre le atase las correas de los flancos con las que el pectoral se sujetaba. Con una sonrisa en el rostro, como si se regodeara al pensar en la batalla que podía esperarle, dijo–: Parece el de una criatura gigantesca.

Si los caballeros hubieran podido ver qué se les venía encima, quizá hubieran temblado, siquiera un poco, porque estaban a punto de enfrentarse a la más poderosa criatura con la que jamás podían haber cruzado sus aceros. Y no se trataba de la gran serpiente de cuyo lomo tubular surgían tres pares de alas membranosas y cuyas fauces podían engullir sin problemas a un buey de un solo bocado, sino del jinete de los vientos que la montaba y dirigía tirando de las riendas de cuero negro que manejaba con pericia, obligando a su monstruosa montura a descender con cuidado, casi con delicadeza, hasta colocarse justo en la vertical de Perceval y el Bello.

El jinete, una figura imponente de considerable altura –puesto al lado de Gawain, el más alto de los caballeros de Arturo, le sacaría más de un palmo–, era una montaña de músculo embutida en una coraza del color de la obsidiana que arrancaba destellos de luz violácea cuando el Sol incidía en cierto ángulo sobre ella. Se colocó de pie sobre los estribos y, apoyándose en el fuste, se impulsó en el aire con un salto prodigioso pero que, sin embargo, no le hizo caer a plomo sobre las tierras del pantano donde estaban los dos caballeros: pareciere que por arte de magia, el aire mismo le ofrecía un colchón que hacía que su velocidad de descenso fuera escasa.

Cuando dejó atrás las copas de los árboles, la poderosa figura apareció ante los caballeros, siendo Perceval el primero en fijarse en él y señalándoselo a su compañero con incredulidad.

–En el nombre de Dios, ¿qué es eso? –preguntó, desenvainando la espada y asegurando el escudo sobre su brazo izquierdo, sabiendo que estaban a punto de entrar en combate. En los últimos momentos del descenso, el ser de la negra armadura sacó el enorme mandoble que tenía cruzado a la espalda y lo presentó a sus enemigos colocándolo frente a sí.

Cuando sus pies tocaron el suelo, dijo:

–Rendíos y no sufriréis daño, caballeros. –Su voz era grave, como el rechinar de piedra contra piedra, y les llegaba con cierto eco cavernoso tras el yelmo, negro como la noche y rematado por una cimera con la forma de un dragón batiendo las alas. Solo dos estrechas rendijas a la altura de los ojos rompían la bruñida uniformidad del casco, y el Bello supo de inmediato que por ello podían contar una ventaja.

–Ataquémosle por los flancos –masculló, y Perceval estuvo de acuerdo, asintiendo en silencio.

Sin embargo, Perceval no podía lanzarse sin más de cabeza a la lid, así que dijo:

–Rendíos vos, caballero o al menos decid vuestro nombre para que sepamos a quién vencemos.

–¿Ambos? –El enemigo rio y en su voz hubo un claro desprecio–. ¿Ambos me venceréis? ¿Qué hay de la legendaria caballerosidad de la corte de Arturo? ¿No combatiréis contra mí uno a uno? ¿Tendré que despacharos a los dos a la vez entonces?

Los dos caballeros se miraron sintiendo cierta vergüenza. Los últimos acontecimientos, el cansancio, lo extraño del lugar, no eran excusa para dejar de lado las reglas de combate entre caballeros. Sin embargo, antes de que pudieran decir nada, el de la coraza negra volvió a reír y bramó:

–¡No importa! ¡Ninguno de los dos sois dignos siquiera de probar mi filo! Decidid: ¡Rendíos o luchad! ¡Sabed que es el general Guedin’has quien os reta!

Perceval y el Bello, enfurecidos por las insolentes palabras del recién llegado, se lanzaron gritando dispuestos a hacerlo pedazos, pero este, sin perder la calma por un instante, pronunció unas palabras en lengua extraña y el temible mandoble se dividió en dos enormes armas gemelas que al mismísimo Bors le sería difícil manejar con ambas manos, pero que eran enarboladas por Guedin’has como si fueran varas de fresno.

El Bello atacó por la derecha con la intención de sobrepasar a su adversario por el flanco, pero su acero pronto se topó con el arma del de la negra coraza, en un impacto tan poderoso que le hizo rechinar los dientes. Al otro lado, el tajo paralelo al suelo de Perceval también era detenido, con tal economía de movimientos y gracilidad que los caballeros de la Tabla Redonda se preguntaron si acaso su enemigo no tendría ojos en las sienes… aunque las llevara cubiertas por el yelmo.

Los golpes se sucedían despertando ecos metálicos en el pantano, y hasta las ranas parecieron enmudecer ante el prodigioso espectáculo que suponía ver a las tres figuras ejecutando una danza mortal de acero y chispas, aunque era un baile que parecía pivotar sobre Guedin’has; este apenas se había movido un palmo de su posición inicial, con Perceval y el Bello actuando a modo de satélites. Con enorme habilidad marcial, su enemigo flexionaba las piernas, adelantaba los brazos, inclinaba el torso hacia atrás con una agilidad impresionante, sobrenatural, de tal modo que parecía que, sin esfuerzo alguno, lograba detener todos y cada uno de los golpes que le lanzaban.

Como si pudiera adivinar de dónde le caería cada uno de ellos.

Debido a la frustración y al extenuante ritmo del combate, los dos caballeros empezaban a mostrar signos de cansancio y sus golpes comenzaron a ser cada vez más erráticos, y Perceval se dio cuenta de que era cuestión de tiempo: cometerían un error y quedarían a merced de Guedin’has para que este hiciera lo que quisiera con ellos. Optó, tras meditarlo por un instante, por una nueva estrategia y se separó un par de pasos de su enemigo que, si se sorprendió por ello, no pareció demostrarlo, pues continuó combatiendo con el Bello con un brazo mientras el otro espadón apuntaba a Perceval, dispuesto a retomar la batalla en cuanto volviera a enfrentársele.

Sin embargo, al no tener que dividir su atención como antes, Guedin’has mostró una furia y una táctica demoledoras al pasar al ataque. Perceval comprendió que había cometido un error y había precipitado la derrota del Bello, que retrocedía parando las estocadas a duras penas. Cuando quiso enmendarlo era tarde, pues el caballero negro dio un prodigioso salto y atacó con sus dos aceros desde una altura considerable, en un arco descendente ejecutado con tal brutalidad que quebró en tres partes la espada del Bello y se clavó en la pieza protectora de su pecho, tirándolo por tierra.

Perceval lanzó un grito inarticulado de horror al ver a su compañero caído, aunque en su fuero interno dio gracias porque antes del combate había podido colocarse el pectoral y el espaldar; en caso contrario, el golpe podría haberlo tajado del hombro a la cadera.

Guedin’has se giró conforme Perceval, fuera de control, corría aullando para embestirle con su espada como si fuera una lanza, dispuesto a recibirle y derrotarlo, tal y como había hecho con el Bello, que gemía casi inconsciente tras él.

Ante la carga de Perceval, su enemigo no pareció inmutarse y clavó los pies con fuerza en la tierra, listo para recibir el violento golpe que el caballero le lanzó: interpuso sus dos enormes armas casi con delicadeza, con un floreo, y de inmediato utilizó toda su prodigiosa fuerza para que la inercia de Perceval no solo fuera contrarrestada, sino también aprovechada, pues con un desplazamiento de su torso y brazos, desvió la alocada carga de su oponente hacia la derecha. Al caballero de la Tabla Redonda se le descompuso el rostro al sentirse arrojado a un lado como un muñeco de trapo, pero fue por poco tiempo, pues sintió un fuerte golpe en lo alto de la cabeza que le sumió en la más profunda de las negruras.

Guedin’has permaneció quieto por un instante, contemplando a los dos caballeros caídos. Perceval yacía aovillado a sus pies, mientras que el Bello, que había logrado arrastrarse a duras penas hasta el árbol más cercano, lo contemplaba respirando con agitación.

–¿Qué eres? –le preguntó sintiendo vergüenza al ver que mientras que las placas de protección del caballero acorazado en negro continuaban igual de impolutas que antes de iniciarse el combate, estaba manchado con barro y lodo verdoso del pantano.

–Ya me he presentado. –Guedin’has, emitiendo una risita, hizo una reverencia que crispó los ánimos del Bello, aunque no bien sabía que no podía hacer nada: se sentía incapaz de levantarse, tenía el brazo entumecido y el pecho le dolía horrores–. Vos, ahora, sois mi prisionero. ¡Consideraos afortunado pensando que mi señor os quiere con vida!

Acto seguido, juntó los mandobles que se fusionaron en uno emitiendo un susurro metálico y, cogiéndolo por la mitad de su filo, lo llevó hacia su espalda. Sin poder creer lo que veía, el Bello quedó boquiabierto cuando la temible arma se soltó de su mano y avanzó, como si la hubiera lanzado, hasta alcanzar un punto en la espalda de Guedin’has, donde reposó como si estuviese envainada.

Después, sus manos tocaron el extraño yelmo que cubría su cabeza en un lateral, y el Bello escuchó un chasquido y un siseo que, a todas luces, permitió a Guedin’has soltar la pieza del resto del conjunto.

El Bello no supo si quería ver o no el rostro de su enemigo, la faz que se ocultaba bajo todo ese metal, y numerosas imágenes de criaturas de leyenda pasaron por su mente.

Sin embargo, no estaba preparado para lo que vio.

Era la criatura más hermosa que jamás hubiera visto. El hombre, si se podía llamar así, poseía una cara digna de los mejores escultores de Grecia, de facciones suaves que parecían talladas en un mármol de exquisita calidad, pero sin desprender en absoluto la frialdad de la piedra. Sus ojos, redondos, grandes, inquisitivos, parecían reflejar la tenue luz del pantano, lanzando destellos ora dorados, ora escarlatas, y el cabello, cortado a la altura de la nuca, era del más puro blanco que jamás nieve alguna podría conseguir.

Por unos instantes, el Bello dejó de respirar debiendo obligarse a recuperar el aliento. Mas el dolor, por fin, se adueñó de su cuerpo y recibió el dulce abrazo de la inconsciencia.

Perceval volvió al mundo de los vivos y despiertos. Poco a poco, fue haciéndose una idea cabal de dónde estaba, aunque su primer pensamiento fue para con la presión en muñecas y tobillos pues lo habían aherrojado con gruesos grilletes que lo inmovilizaban por completo, en una posición similar a la de los orantes, tan incómoda que cada poro de su cuerpo gimió de dolor.

Su visión nublada comenzó a aclararse y vio una pared de piedra a escasos dedos de su rostro por entre cuyos intersticios rezumaba una humedad de color verdoso y hedor repugnante que le hizo torcer el gesto. En el suelo, una paja mustia y casi podrida cubría un piso de cemento tan duro que prometía despellejar las rodillas de todo aquel que cayera sobre el mismo. Tiritó y se dio cuenta de que estaba desnudo; en la celda hacía un frío terrible, y oyó el ulular del viento procedente de algún lado a su espalda, arriba, quizá un ventanuco.

Agitó los brazos apretando los dientes para evitar gritar dada la mordedura del hierro en su carne, pero no pudo mover mucho los brazos. Las cadenas se tensaron enseguida y dedujo que su captor quería no solo retenerle, sino también torturarle al dejarle de ese modo.

Como si hubiera alguien vigilando y esperando a que despertara, un sonido de madera crujiendo a su derecha le hizo volver la cabeza para ver entrar una mujer… aunque quizá llamarla mujer no sería correcto, pues era de elevada estatura, de un palmo más que Perceval, y su rostro, angelical pero de facciones duras debido a unas mejillas afiladas y unos labios finos, estaba enmarcado por una densa melena castaña de la que sobresalían las puntas de unas orejas afiladas.

–Demonio… –masculló el caballero. La mujer apoyó su esbelta figura en el vano de la puerta sonriendo entre un frufrú de tules amarillos–. ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

–No soy un demonio, eso desde luego –contestó, cruzando los brazos sobre el talle–. Soy vuestra carcelera. Al menos, de momento. Si me decís vuestro nombre, sabré cómo dirigirme a vos. Si no, me basta con llamaros “preso”.

–Soy Perceval –dijo a regañadientes, volviendo a sacudir lo que pudo las cadenas–. Quitadme esto.

–¿Vos me dais órdenes a mí? –Perceval detectó un fingido enfado en ella moteado de diversión–. ¿Vos?

–¡Sí, maldita seáis!

La mujer se acuclilló junto a él y Perceval notó que le llegaba un perfume a azahar, delicado y embriagador, pero tan poderoso que quedó aturdido por un instante. Entonces, sintió un agudo dolor en el costado.

Su carcelera había clavado la punta de un estilete en su cintura.

–Os quitaré las cadenas –dijo con voz gélida– cuando me plazca o se me ordene, lo que ocurra antes. Mientras tanto, os aconsejo guardar las formas y tratarme con el debido respeto, pues estáis por completo a mi merced.

Perceval lagrimeaba por el dolor, pensando en que muchas heridas –de las que eran reflejo las numerosas cicatrices que cubrían su espléndido torso– habían sido más horribles que la que le estaban infligiendo, por lo que no entendía el padecimiento que sufría, pareciendo que una horda de diminutos diablillos clavaran en su carne los tridentes al rojo.

–¿Habéis entendido? –inquirió ella bajando la voz hasta un susurro, junto a su oído. El caballero asintió con la cabeza, y el dolor cesó–. Veamos si habéis recuperado la cortesía que parece imperan en la corte de ese vuestro rey y podemos hablar como seres civilizados.

La mujer, con una risa que sonaba a campanillas, pareció satisfecha y se irguió en toda su estatura; Perceval sintió una humillación como nunca en su vida. Ahí, arrodillado, desnudo y herido, dominado por una mujer que podía clavarle de nuevo un arma sin poder defenderse. Ahogó las lágrimas de rabia que afloraron a sus ojos y escuchó que le decía:

–Como parece que ya nos entendemos, os diré que podéis llamarme Lairenia. Portaos bien, como un caballero, y quizá mi señor se plantee incluso incorporaros a sus filas. A fin de cuentas, aún tenéis que escuchar nuestra visión de la historia.

–¿Historia? ¿Qué historia?

–Vuestro amigo se ha mostrado bastante parlanchín, Perceval. No recordará su vida pasada –rio dando palmas–, pero de lo que se acuerda… ¡Vaya lo que habla!

–¿Qué le habéis hecho? –En la voz del caballero había una nota de desafío, todo el que le permitía su dolor.

–Poca cosa; no os preocupéis por él. Sigue respirando, si os quedáis así más tranquilo. Pero a lo que íbamos: estáis muy equivocados.

Perceval giró la cabeza hacia ella todo lo que le permitían los grilletes.

–¿Equivocados? –preguntó. Ella asintió con la cabeza–. ¿En qué?

–Esa bruja vuestra… esa tal Morgana, os ha contado una sarta de mentiras.

La mujer calló, escuchando con atención algo que Perceval no alcanzaba a oír. Sin una palabra más, la mujer se dio la vuelta y salió de la pequeña celda, dejando al hombre extrañado y confuso, tanto por lo que Lairenia había dicho como por su apresurada partida. Durante un buen rato, atenazado su cuerpo en tan incómoda situación, el caballero intentaba adivinar qué podría pasarle a partir de entonces, y su mente pronto divagaba hacia terribles formas de tortura. Intentaba consolarse pensando que, de llegar el caso, afrontaría la muerte con valentía y dignidad. Sin embargo, el dolor que le producían los grilletes en los tobillos, el agarrotamiento de su espalda, lo mal que fluía la sangre hacia sus extremidades, le hacían gemir de cuando en cuando y mermaban poco a poco sus ya escasas reservas de fuerza. Tan solo su sentido del honor y la dignidad le impedían prorrumpir en gritos.

Cuando la mujer volvió, agitaba en el dedo índice un llavero produciendo un soniquete metálico cuando las llaves golpeteaban entre sí. Tras ella, había dos figuras oscuras, armadas con piezas de acero similares a aquellas con las que Guedin’has había combatido, que empuñaban dos espadas cortas.

–No quiero que hagáis ninguna tontería, Perceval –dijo Lairenia introduciendo una llave en el primero de los grilletes. El chasquido del hierro devolvió movilidad al tobillo de Perceval–. Tenéis una audiencia con mi señor Calau’dar’Onieril.

Sin ceremonia alguna, la mujer quitó el resto de grilletes en torno a la carne de Perceval y este, que se sostenía en la incómoda postura gracias a las cadenas, cayó de bruces. Gimiendo, sintió los brazos de los dos fornidos guardias que acompañaban a Lairenia levantándole en vilo y llevándole como si fuera un niño, incapaz de dar un paso por sí solo.

Con la vista fija en el suelo, el caballero veía pasar bajo él un pavimento hecho de piedras cortadas con exquisita regularidad, negras como el ónice, y le extrañó que, para el pasillo de una mazmorra, se utilizara tal dechado de perfeccionismo en su construcción. La mujer, con pasos suaves y ligeros, caminaba tras ellos y dio una orden que fue de inmediato cumplida:

–Sentadlo ahí.

Perceval fue depositado sin cuidado en un banco de madera y Lairenia le lanzó una túnica de tela basta, marrón, que más parecía un saco en el que transportar verduras, con tres aberturas en su parte superior por las que apenas pudo sacar brazos y cabeza, entendiendo a la perfección que esa era la única ropa que iban a proporcionarle.

–¿Puedes andar? –En la pregunta de la elfa no había ni un ápice de conmiseración. Era una cuestión de simple pragmatismo.

–Sí –se obligó a decir Perceval, pese a que sentía que lo único para lo que tenía fuerzas era tumbarse y dormir.

–Bien. Andando.

Los dos guardias se colocaron a su lado en cuanto, tambaleante, Perceval se levantó y comenzó a andar a trompicones siguiendo a la mujer, que en ningún momento volvió la vista atrás para ver si se caía, desfallecía o lo que fuera. Cada paso era una tortura. Cada inspiración, un horror. La sangre se le agolpaba en las piernas para luego, según creía, acudir corriendo a borbotones a su cabeza, amenazando con hacerla estallar, pero dio un paso tras otro. Pie derecho. Pie izquierdo. Derecho otra vez. Su mundo se redujo a esos sencillos actos y subió una escalera –por fortuna no muy larga– tras Lairenia, que desembocaba en una sala iluminada con tonos rojizos, pues la luz del sol era filtrada por unas enormes vidrieras de suelo a techo fabricadas, a lo que parecía, con hermosos rubíes. Las caras de los presentes adoptaron el color de los demonios, o eso le pareció a Perceval, que se contempló las manos, también teñidas de rojo, y echó un vistazo en rededor para hacerse idea cabal de lo que veía.

Sin embargo, y aunque había muchas maravillas que ver en la sala, su atención quedó prendada de la imponente figura que se sentaba sobre un trono más magnífico todavía que el del propio Arturo, con tallas delicadas y terribles de dragones que parecían moverse, contorsionarse y escupir fuego bajo la extraña luz que lo impregnaba todo. Perceval supo que, bajo ese enorme estandarte que mostraba un puño elevado hacia el cielo sujetando una espada, se encontraba el señor del lugar.

Lo hicieron arrodillarse, en cuanto llegó junto al trono, ante él.

Ante Calau’dar’Onieril.

Los ojos del alto señor élfico, negros como ala de cuervo, se clavaron en él con tanta intensidad que Perceval se sintió, quizá por primera vez en su vida, amilanado. Con todo, sacó fuerzas de flaqueza y le devolvió la mirada con un deje orgulloso, provocando que Calau’dar’Onieril lanzara una carcajada, una risa que resonó en la vasta estancia como un tumultuoso torrente deslizándose colina abajo. Con movimientos pausados y teatrales, calculando cada uno de ellos, el elfo hizo revolotear las amplias mangas de su túnica al levantarse del trono, una túnica que, bajo la extraña luz, parecía teñida con sangre coagulada, en contraste pavoroso con la belleza del elfo, distante e inalcanzable. Su largo pelo moreno recogido en trenzas cimbreaba conforme avanzaba hacia el caballero, coronado por una diadema de esmeraldas y zafiros engastados en oro, enmarcando un rostro ovalado, andrógino, de nariz recta y labios finos, crueles, que se abrieron apenas para, con voz angelical, decir:

–Sois un espléndido ejemplar. –Perceval, de natural comedido y poco dado a las muestras de afecto físico, sintió repulsa al notar los dedos del elfo pasando por su mejilla con lascivia–. Mucho más hermoso que vuestro compañero sin nombre.

Sujeto como estaba por ambos brazos, poco podía hacer para desafiarle, pero se las arregló para forcejear y apartar la cabeza. El elfo se quedó con el dedo índice tocando el aire entre ellos, con gesto confuso: muy pocos osaban despreciarle y, poseído por una furia rabiosa, le abofeteó con fuerza en la cara.

–Sois unas criaturas toscas y maleducadas. –Sin una palabra más, se giró y caminó a grandes trancos hasta el trono, donde tomó asiento de nuevo–. ¡Incorporadle! –ordenó, y los guardias lo hicieron ponerse de pie. Lairenia se colocó junto a él y besó la frente del señor de los elfos, comenzando a pronunciar unas palabras en lengua extraña que poseían una cadencia hermosa y, a la vez, terrible.

A Perceval le pareció que las entrañas se le desgarraban y gritó, provocando una nueva carcajada de Calau’dar’Onieril. Cerró los ojos, los apretó con fuerza para evitar dar el gusto a sus captores de verle llorar y, cuando tras unos instantes que le parecieron una eternidad, cuando la voz de Lairenia dejó de sonar, el caballero se atrevió a echar un vistazo.

Y prefirió no hacerlo, pues frente a él se encontraba una figura humana, desnuda y fornida, que era su vivo reflejo y lo miraba con una sonrisa aviesa.

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